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Conflicto armado
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Conocí a Alfonso Cano en 1993, en el espinazo de la cordillera oriental, por los lados del Páramo de Sumapaz. Recuerdo que estaba con su compañera Patricia; también estaba el camarada Manuel Marulanda.



Alfonso tenía el pelo revuelto, negro, como una estampa del Ché. Su saludo fue muy rolo, amable, pero distante. Sin embargo, me dijo: ¿Es usted la periodista guerrillera? Aún hoy recuerdo este primer encuentro con él, el cual me marcó mucho. Luego entendería que había conocido a una persona sabia, tanto de corazón como en su forma de actuar y en la manera de expresarse.

Lo que no sabía yo en ese momento era que el tiempo nos iba a poner posteriormente en la misma unidad guerrillera, y que en 1994 yo haría parte de su guardia. En el tiempo que compartimos, recuerdo haber hablado con él de la vida capitalina. Tenía un registro único de la geografía bogotana, por lo que fácilmente podía, desde el campamento guerrillero, dar indicaciones con lujo de detalles de cómo llegar a la cafetería que vendía la mejor mantecada en Chapinero. Sin embargo, sus indicaciones se referían a la ciudad que él había dejado en la década de los 70, aunque las daba para la Bogotá de veinte años más tarde, por lo que sus precisos mapas no siempre se ajustaban a la cambiante urbe, en la que, por ejemplo, se tumbaron árboles para construir el Transmilenio por la Avenida Caracas.

Así, nuestras diferentes perspectivas entraban en diálogo: la suya, la del más citadino, y la mía, producto de mi experiencia de mujer en el departamento de Córdoba como dirigente estudiantil y juvenil, militante de la Unión Patriótica y de la Juventud Comunista.

Por medio de Alfonso Cano conocí de las luchas estudiantiles en la década de los 70, en las que él se destacó como dirigente de los estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia. Yo también hice parte del movimiento estudiantil en los últimos años de la década de los 80 y los primeros de la década de los 90, y, de esa manera, encontramos lugares comunes para hablar de los debates ideológicos que se daban dentro del movimiento estudiantil y de la importancia de la lucha por la educación pública y de calidad.

Por supuesto que estas discusiones se realizaban en el contexto de lo que vivíamos en nuestra unidad, siempre analizando lo que sucedía con nuestros compañeros y compañeras y lo que era la vida guerrillera en todo el país, nuestra apuesta política, la realidad política en el marco del conflicto social, político y armado, y cómo aportar para producir los cambios que anhelábamos para la transformación del país.

Yo siempre escuché hablar a Alfonso de la necesidad de transitar por una amplia democracia, en cuyo marco sectores minoritarios que nunca habían tenido la oportunidad de participar en la toma decisiones pudieran hacerlo a través de una reforma política del Estado colombiano: él estaba ya adelantado a lo que acordamos en La Habana. Alfonso tenía el país en la cabeza: ¡un país a la medida de nuestros sueños!

Siempre tuvo como prioridad el compromiso con los más pobres, e incluso se refería ya a las comunidades indígenas, afro y campesinas, así como a las mujeres de este país, cuando esos tópicos no eran aún objeto de discusión dentro de la guerrilla. En sus discursos, temas como la reforma agraria inspirada en el programa agrario que tanto se trabajó en los años 60 por parte de los primeros guerrilleros y guerrilleras de las FARC-EP eran recurrentes.

A pesar que era tan hermoso, reconfortante y enriquecedor hablar con Alfonso sobre cuestiones de la vida nacional, no era eso lo más importante ni lo que más admiraba de él. Lo que más me sorprendió de ese hombre carismático fue su flexibilidad al utilizar el lenguaje según su público y, por tanto, su capacidad para hacerse entender: hablaba con sus amigos intelectuales cuando lo visitaban; con los políticos y políticas que tenían acceso al diálogo con él; hablaba con periodistas, pero en especial hablaba con su tropa, con la guerrillerada como la llamaba él.

Eso era lo que más me impactaba: que Alfonso Cano dispusiera de un lenguaje preciso para hacerse entender de cada uno de sus públicos, un lenguaje que acompañaba con su mirada penetrante y barba tupida, como queriendo arraigarse a esas cordilleras y páramos en los cuales hacíamos nuestro trabajo. Las conversadas de Alfonso Cano con la guerrillerada eran realmente una maravilla, un aprendizaje que desarrollaba en cada relación y diálogo con complicidad. Sin dificultad entendía las diferencias de la gente que le acompañaba. Comprendía sus anhelos, dolores, amores y desamores, infería los pequeños deseos y los grandes sentimientos. Tenía la capacidad de llegar a cada uno de nosotros y nosotras con las palabras precisas.

Era impresionante su manera de enseñar con el ejemplo a partir de lo más sencillo: desde la distribución de los alimentos o de la repartición de los dulces, que eran aspectos importantes de nuestra cotidianidad, llegaba a lo profundo, al sentimiento revolucionario y de lucha.

Ese era el Alfonso Cano que más me sorprendía, el mismo que tuvo el temple de permanecer tantos años en la montaña a pesar de ser el más citadino, que llegó a ser el comandante de las FARC-EP, y aun así nunca cambió ni el lenguaje ni la relación con su tropa.

Tuvo la capacidad de dilucidar lo que sería un país en paz y, por eso, se comprometió con la construcción del Movimiento Bolivariano para, a través de este, hablarles a las grandes masas colombianas que estaban ávidas de lucha, pero también de acompañamiento. Recuerdo mucho esa guía de acción sobre el Movimiento Bolivariano que él publicó en el año 2005, en la cual insistía en el trabajo con la gente, en poder sentir las luchas de las comunidades, las reivindicaciones de los distintos sectores sociales y poblacionales de nuestro país y en lo que significaba justamente esa lucha popular, actitud que hoy tanta falta nos hace.

En el momento presente estamos convocados a retomar no solo la guía de 2005, sino a continuar con las enseñanzas de Alfonso Cano acerca del ejercicio de la política como un servicio social, un servicio para la gente del común, para la gente pobre, para quienes han padecido la violencia y la guerra. Por eso él le apostó tanto a la paz; por eso es el arquitecto de la misma; por eso construyó desde que estuvo en los diálogos de La Uribe, Caracas, Tlaxcala y El Caguán lo que serían los diálogos de La Habana. Pero la oligarquía prefirió asesinarlo antes que ver el aporte de un hombre de paz a un país como Colombia, que tanto lo necesita.

El mejor homenaje que le podemos hacer a Alfonso es reconocerlo como revolucionario, luchador e intelectual, como un hombre comprometido en cuerpo y alma con el propósito de construir una Colombia distinta, como él decía, a la medida de nuestros sueños; esa Colombia que amamos y por la que seguiremos apostando en medio de las más grandes adversidades.

Tal como fue en los días de la guerra, hoy seguimos trabajando por la paz con justicia social, por la paz completa, por una paz incluyente para que en Colombia se superen las causas que originaron el conflicto social, político y armado, para que Colombia algún día logre la justicia y el bienestar y el buen vivir para las grandes mayorías.

Es precisamente por Alfonso Cano y sus ideales que muchos de nosotros y nosotras jamás vamos a dejar de seguir luchando y no vamos a descansar hasta lograrlo, ahora por la vía política, aunque haya también quienes la quieren cercenar. Seguiremos construyendo una Colombia del tamaño de nuestros sueños, porque ese sueño sigue vivo. ¡Comandante Alfonso Cano, aquí nadie está amilanado! ¡Estamos con la moral absolutamente en alto!

Noviembre de 2020
Tomado de revistaizquierda.com