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En 1878, la primera guerra de independencia en Cuba llegaba a su fin. Una parte desmoralizada y dividida del Ejército Libertador pactó con España una paz sin independencia.



El Mayor General Antonio Maceo, negro y humilde, en desacuerdo con esa paz, pidió un encuentro con el general español Arsenio Martínez Campos, jefe del gobierno colonial en la Isla. La reunión se recuerda como la Protesta de Baraguá, por el sitio donde ocurrió y porque el general cubano dejó claro que las fuerzas bajo su mando no aceptaban la paz, no se rendirían y continuarían la lucha.

Pero en medio de la preparación de este encuentro sucedió un hecho que confirmó, una vez más, la gallardía y la integridad ética del general revolucionario cubano. Oficiales cercanos al general Maceo propusieron aprovechar la reunión para asesinar al general español.

Cuando Maceo conoció la idea, le escribió a un coronel amigo para abortarla. En la misiva el general cubano expresó su indignación ante el plan y subrayó que era un hecho poco honroso. También se conoce que expresó que “no quiero la independencia de Cuba si unida a ella va el deshonor”.

Nosotros como aquellos.

En 1968, a cien años del inicio de la primera guerra de independencia, el Comandante en Jefe Fidel Castro expresó en el acto de conmemoración de esa gesta: “Entonces nosotros habríamos sido como ellos; ellos hoy habrían sido como nosotros”.

La expresión simboliza cómo la continuidad libertadora de aquellas guerras por la independencia estaba enraizada en la esencia de la Revolución cubana triunfante en enero de 1959, con todos los valores éticos, patrióticos, antiimperialistas, latinoamericanistas y humanistas que la caracterizan.

Desde el propio triunfo de 1959, la Revolución liderada por Fidel se enfrentó a la hostilidad y agresividad de los Estados Unidos, lo cual no ha sido freno para que el proyecto político cubano haya salido adelante.

Cada victoria cubana en estos más de sesenta años de Revolución se debe en gran medida a la fidelidad inamovible a los principios enarbolados por los próceres independentistas y por el propio Fidel, que hizo de la ética un pilar en la práctica revolucionaria cubana.

En 1984, el presidente Ronald Reagan apostaba a su reelección. Hasta ese entonces, su administración figuró como una de las más reaccionarias de la historia. La guerra sucia contra Nicaragua, la lucha contra los revolucionarios salvadoreños y el respaldo al Reino Unido contra Argentina en la guerra de las Malvinas fueron algunas facetas de su prontuario contra América Latina.

Regan, por supuesto, también fue agresivo contra Cuba. Las amenazas militares se sucedieron una tras otra y el bloqueo y las agresiones políticas se reforzaron.

En octubre de 1983 se produjo la criminal invasión militar estadounidense contra la isla caribeña de Granada. Era el tiro de gracia a la revolución que allí agonizaba. La 82 División aerotransportada de los Estados Unidos atacó durante días a un grupo de civiles cubanos que junto a granadinos construían un aeropuerto civil. Los obreros cubanos combatieron con fusiles de infantería hasta la última bala, con el saldo de veinticinco compatriotas muertos en desigual combate.

A pesar de ese crimen y la agresividad anticubana de Reagan, un suceso marcó nuevamente la estatura ética de Fidel Castro y, con ella, la de todo un Pueblo.

En medio de la campaña por la reelección de Reagan en 1984, Cuba obtuvo información fidedigna sobre un atentado terrorista que grupos asentados en Carolina del Norte planeaban ejecutar contra el presidente y candidato electoral Ronald Reagan.

El propio Comandante en Jefe relató que Cuba alcanzó a conocer todos los detalles del plan y sus ejecutores, incluso el tipo de armas que utilizarían y donde se almacenaban. La decisión de Fidel fue trasladar con urgencia toda la información recopilada al gobierno de los Estados Unidos para frustrar a tiempo el alevoso crimen. Y así sucedió.

Reagan pudo reelegirse como presidente y seguir atacando a la Revolución cubana, cuyo líder había decidido salvar su vida. Nunca hubo un reconocimiento oficial y público por el gesto cubano, tampoco Cuba ni Fidel lo necesitaban.

Ejemplos como este explican por qué un pueblo no solo ha decidido construir su propio proyecto, sino que ha salido victorioso en el empeño. Ante la avalancha de calumnias, las actuaciones éticas y gallardas de Maceo y Fidel, conocidas por los cubanos, se multiplicaron y constituyen hoy parte de la herencia revolucionaria que mantiene en pie el sueño martiano y fidelista.

Fotografía: Alberto Korda.

Tomado de cincopalmassite