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Economía
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Finalmente, el DANE ha confirmado que la economía colombiana ha entrado oficialmente en recesión, es decir, que durante dos trimestres ha tenido un crecimiento negativo. Para el tercer trimestre de este año la caída de la economía (comparada con el tercer trimestre de 2019) llegó al -9.0 y aunque es una contracción menor a la estimada para el segundo trimestre (-15,8), sigue siendo una cifra preocupante, máxime cuando coincidió con la apertura masiva de las actividades económicas.



Hay que recordar que aún antes del inicio de la pandemia, la economía colombiana ya mostraba una tendencia al estancamiento, con un pálido crecimiento del 1% en el primer trimestre y un crecimiento sostenido del desempleo, se mostraba que la dinámica económica venía ralentizándose, siguiendo la tendencia global y regional, esto contrastaba con el paradójico crecimiento de 2019, en el que la economía colombiana creció muy por encima del promedio regional.

Es claro que en la economía tradicional ha convertido el crecimiento como un factor clave para medir el estado de la actividad económica, a pesar de las múltiples críticas que se le endilgan a este indicador, sigue siendo la forma de evaluar si a una economía (y de paso al gobierno) le ha va bien o mal.

A nadie toma por sorpresa este anuncio, de hecho, la prensa nacional ha dado muy poca cobertura a esta noticia, ocupada como está en cubrir los desastres que dejan los fenómenos de una naturaleza en pleno proceso de cambio climático y que ya algunos comienzan a advertir como un problema mucho más grande que la recesión económica.

Lo que sí sorprende es que el resultado del crecimiento económico es ante todo causado por una depresión permanente de sectores clave para la economía como la construcción (-26,2%) que genera alrededor del 12% del empleo en el país, el comercio (-20,1%) la actividad que más genera empleo en el país (15%) y el declive permanente de las actividades artísticas, de entretenimiento y recreación (-29,7%) siendo este el sector más golpeado por la crisis.

Igualmente, la actividad del sector minero sigue de capa caída (-19,5%) como efecto de la caída abrupta de la demanda global de hidrocarburos, lo cual implica mayor riesgo para la estabilidad económica de un país que depende en buena medida en su balanza comercial de la exportación de estos bienes (aproximadamente el 51% de nuestras exportaciones son de hidrocarburos) señalando el camino del fin de una economía excesivamente dependiente del carbón y el petróleo.

Sin embargo, la recuperación en V que ha anunciado el gobierno aún no se presenta, las medidas para incentivar el consumo y especialmente el comercio (como los días sin IVA) parecen haber tenido un impacto poco apreciable pues el consumo final tuvo una caída del -7%, y la inversión sufrió una contracción enorme del -18,5%.

Así las cosas, se esperaba, que la actividad del gobierno y los múltiples programas que diseñó durante la pandemia fueran los reactivadores de la economía, pero paradójicamente el gasto del gobierno entre el segundo y el tercer trimestre solamente se incrementaron en un 1,1%, mientras el aporte de las actividades del gobierno al PIB se contrajeron en un -0,7%.

Al margen de cifras y porcentajes, hay indicadores que muestran el estancamiento y el impacto negativo de la crisis del coronavirus y de las políticas del gobierno Duque: en medio de la pandemia 1.7 millones de hogares tuvieron que reducir el número de sus comidas diarias de 3 a 2, mientras que según la Fundación Éxito, el 52% de los municipios del país tienen todas las condiciones para que su población sufra desnutrición crónica, Colombia resultó ser el país con la tasa más alta de desempleo de toda la OCDE y el 10º a nivel mundial en este indicador, por debajo de países y regiones como la Franja de Gaza, Sudán (en guerra civil), Macedonia, Armenia (en guerra con su vecina Georgia) y Costa Rica.

Y todo ello ha ocurrido mientras inmensos recursos del FOME están siendo “guardados” por el gobierno que apenas ha ejecutado un 40% de los mismos, sin saber en qué piensa destinarlos, y mientras pequeñas y medianas empresas que han sido las principales afectadas por la crisis siguen cerrando todos los días, pues a septiembre se estimó que solo en Bogotá habían cerrado operaciones unas 45 mil empresas y en Junio FENALCO informó que 80.000 empresas habrían cerrado operaciones, de las cuales el 97% eran MYPIMES.

El papel del gobierno no es el único que lamentar en esta coyuntura: el sistema financiero se ha dedicado a cortar el crédito a la economía, aumentando el costo del crédito e imponiendo restricciones para el acceso a financiamiento incluso existiendo programas de garantías del gobierno nacional, es por ello que de los 25 billones dispuestos para otorgar garantías a los empresarios, tan solo se han asignado 9,8 billones y aún existen 14 que no se han asignado, la mayor parte de ellos porque simplemente los bancos no otorgan el crédito a las empresas y por ende no se pueden activar las garantías.

Una mezcla de confusión gubernamental, falta de acciones profundas, abundancia de recursos sin utilizar, mezquindad y avaricia, son los que están haciendo que la actividad económica siga de capa caída, y la pobreza y el desempleo sean los protagonistas de este 2020… y ojo, la recuperación no será en V sino en K: para unos (los que están cerca de los recursos y del gobierno) la salida de la crisis será exitosa y de corto plazo, mientras para el resto parece no haber muchas opciones.

18 de noviembre de 2020

Adendum:
Simón Palacio en el semanario VOZ señala:

En las últimas semanas la economía papera ha reportado una de las crisis más agudas en el sector campesino. Debido a la caída en los precios de comercialización, la producción del tubérculo prácticamente se ha vendido a pérdida. La ayuda gubernamental es insuficiente. La solidaridad ciudadana evita la quiebra.

Las imágenes que deja la crisis de la papa han desatado un debate nacional en torno a la difícil realidad que atraviesa el campo colombiano. Las reacciones han sido variadas, desde el debate connatural sobre la economía papera entre las distintas fuerzas políticas y sus dirigentes, hasta el inusitado movimiento en redes sociales donde la gente común y corriente llama a apoyar al campesinado papicultor en medio de la crisis.

El 39% de la tierra cultivada en el país es de papa, siendo Boyacá, Nariño y Antioquia los departamentos donde se concentra la mayoría del cultivo. Mientras un bulto de papa en los pasados meses se cotizaba entre 60 y 80 mil pesos en las principales centrales de abastos, hoy se está vendiendo entre 15 y 20 mil pesos en las carreteras o peajes del país, lo anterior ocasionado por la imposibilidad que tiene el campesinado productor de llevar la cosecha a las principales plazas de mercado.

En Colombia se producen 2.7 millones de toneladas de papa al año, se cultivan cerca de 60 variedades en cerca de 283 municipios y más de 100 mil familias viven del tubérculo. Debido a la crisis sanitaria ocasionada por la pandemia y al sucesivo cierre de restaurantes, centros comerciales, hoteles, colegios, universidades y otros centros de consumo, la demanda del producto ha disminuido considerablemente. También cabe resaltar que parte de la exportación se encuentra paralizada debido al bloqueo comercial y económico en contra de Venezuela, importante consumidor de papa colombiana.

Sin embargo, la principal dificultad que enfrenta el campesinado papicultor, se debe a la importación del tubérculo. En el año 2013, el gobierno de Juan Manuel Santos firmó el Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea, situación que permitió que países como Bélgica, Alemania y Holanda exportaran 13 mil toneladas de papa, cifra que para el año 2020 se ha quintuplicado dejando como resultado la importación de 65 mil toneladas distribuidas en el mercado nacional.

Ante la difícil situación, las redes sociales se han solidarizado con el sector. A partir de la etiqueta #PapaChallenge o iniciativas como la “Papatón”, se han establecido diversos retos en donde las personas comparten en las distintas plataformas digitales sus recetas a base de papa o compras del tubérculo con sello colombiano.

Si bien la iniciativa se ha traducido en compras directas al campesinado productor, es decir, sin intermediarios, no es suficiente para resolver la crisis del sector. Si el Gobierno nacional no presenta propuestas serias para el campo colombiano, las acciones dejarán un saldo de buena voluntad ciudadana en medio de una situación que llevará a la ruina a miles de familias campesinas que viven del tubérculo.

La papa no solo es uno de los símbolos agrícolas del país, sino el producto de un campesinado laborioso que en épocas de cosecha despliega una fuerza laboral admirable. Parafraseando al maestro Jorge Velosa, quien en sus canciones carrangueras ha elogiado el cultivo, el semanario VOZ se solidariza con las trabajadoras y trabajadores de la papa, pues en la cocina de esta casa periodística ya “están listas las papas y también listo el ají”.

Tomado de cuartodehora.com y semanariovoz.com