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Decía el expresidente Marco Fidel Suárez: “No tengo el secreto de trocar el furor en mansedumbre (…) de suerte que (los enemigos) quieran lo que reprueban y acepten lo que les enfurece”. Esto podríamos decirles los amigos de la paz a sus enemigos.



Mucha ha sido la oposición que han sufrido los Acuerdos de Paz, no obstante que sus contenidos, antes de firmarse definitivamente, fueron conciliados a fin de superar las objeciones que argüía la derecha, y que luego vino la aprobación del Congreso, donde pasaron a ser parte del bloque de constitucionalidad.  

La derecha ha argumentado que los acuerdos son caldo de cultivo para la impunidad. ¿Hubieran preferido que los alzados en armas se fueran a disfrutar las mieles de la paz en las mazmorras del régimen? Por supuesto que no: Lo que querían era simplemente que no hubiera acuerdos, para seguir disfrutando de todas las gabelas que ha prodigado la guerra.

El principio que finalmente se impuso fue el de la paz con resarcimiento de las víctimas, lo cual ha implicado confesión de la verdad sobre los hechos ocurridos en la guerra. En el trámite ante el Congreso, este principio fue aprobado como obligatorio, pero solo para la guerrilla, pues dejó excluidos a los terceros vinculados al conflicto y, por supuesto, a las fuerzas armadas. Los crímenes de estos dos actores seguirían gozando de la impunidad derivada de la inoperancia de la justicia ordinaria.

Es indudable que las Farc sí venían cumpliendo con las confesiones sin que ninguna hubiera recibido réplica alguna. Se hubiera podido pensar que los enemigos de la paz estaban aceptando a regañadientes la implementación de esta parte del acuerdo, pero se presentó el hecho de que las cabezas visibles de los todavía reinsertados confesaran tener responsabilidad en el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado para que esos mismos enemigos de la paz, ¡oh sorpresa!, saltarán como perros callejeros tras un hueso a cuestionar tal verdad. Hubiera sido bueno que de manera frentera nos hubieran dicho: No, no fue la guerrilla. Fuimos nosotros.

A esto es a lo que podríamos llamar palo porque bogas y palo porque no bogas, y es la plena prueba del interés de esa derecha de acabar de una vez con la esperanza de construir una paz estable y duradera para seguir pelechando a la sombra de la guerra.  ¿Hasta cuándo? Hasta cuando reconozcamos la importancia de la paz y asumamos, no su defensa, pues paz ya no hay, sino nuevamente su conquista, así como el salvamento de los acuerdos que aún no hayan sido refundidos entre la maraña de normas con las que se ha falseado su contenido.

Foto: Diario Jurídico