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Nacional
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Hace un año, lo que parecía ser una jornada más de manifestación, cobró un sentido que superó cualquier expectativa; multitudes inundaban durante días y noches las calles de las ciudades con indignación, entusiasmo, felicidad y esperanza. Guiños entre vecinos para salir a marchar, abrazos entre desconocidos para coger cacerolas, el himno como símbolo nacional y miradas cómplices, iluminaban una época, un tiempo, un espacio. El 21 de noviembre de 2019, nada cambió, pero todo, quizás, empezó a cambiar.



Pensar las mayorías, es un reto para las izquierdas y sectores alternativos, pero recrearlas en un proyecto nacional, es un reto aún mayor, porque requiere de imaginación, astucia y voluntad; requiere de matar al dios, de decidirse por lo inexplorado y de desbaratar lo acomodado.

El 21N llegó en momentos de desesperanza, de rupturas y decepciones, agotados por lo conocido, pero también, por lo desconocido, ese espejo de realidad por la forma de ver, hacer y sentir desde el ombligo de sí mismos; atrás, en medio del claroscuro de la historia nacional, está quedando todo lo malo de lo viejo y está naciendo, todo lo bueno y lo malo de lo nuevo.

La cuestión del método no es superficial, el corto, mediano y largo plazo, requieren de creatividad para el arte de acordar, pero también, para la posibilidad de ganar; la claridad sobre el interés, el otro como igual y el diferente como aliado, son claves en el camino de la disputa de sentido y de poder.

La calle y la acción continúa como posibilidad transformadora, es el mayor llamado de atención a las fuerzas sociales, una calle que reinvente la política, que reavive la democracia y que contribuya a ser lo que no se ha podido ser, con decisión, con agenda y con propuesta. La calle seguirá siendo una posibilidad, en tanto tenga una aspiración hacia el futuro.

El diálogo, la politización y la organización de quien se moviliza, debe darse por su necesidad y ritmo natural, la esquizofrenia por encarrilar todo de la misma manera es una soga al cuello propia del autoritarismo; hoy las resistencias sociales representan nuevos repertorios dinámicos, concretos, masivos, públicos y mediáticos, lo cual, no significa que dejen de ser colectivos o transformadores; convivir e interactuar con éstos es vital.

Después de un año del 21N, el significado de lo acontecido requiere de entusiasmo en medio de la agitación social, porque es la irrupción pública de la democracia, es la acción como un medio vital y son las nuevas ideas como capacidad transformadora; a un año del 21N aún hay un significado por recrear.

Las resistencias son imprescindibles, la ofensiva es necesaria, pero las victorias hoy, son urgentes. Y, el 21N, sobre todo, debe ser alternativa.

19 de noviembre de 2020
Tomado de cuartodehora.com