La manifestación final de Lula en São Paulo congregó a más de un millón de personas. Foto: Ricardo Stuckert

El presidente brasileño e indiscutible líder latinoamericano protagonizó una remontada histórica. En la recta final de la campaña fue determinante la movilización popular, una agresiva estrategia comunicativa y la defensa de la soberanía nacional.

Por: Pietro Lora Alarcón

El pueblo brasileño salió a las calles, se apropió de las redes sociales quebrando el algoritmo injerencista de Meta, marcó en la urna electrónica el número 13 más de 64 millones de veces y, con un Lula de 81 años y la energía de 30, venció este domingo 25 de octubre a Trump, a Marco Rubio, a Flávio Bolsonaro y a la ultraderecha latinoamericana por más de cuatro millones de votos.

Electoralmente, una remontada histórica. Políticamente, una demostración de fuerza popular contra el imperialismo y un proyecto profascista que defendió, en cada debate, el ingreso de Brasil al Escudo de las Américas, atacó las conquistas sociales y no escondió que negociaría los recursos naturales.

Venció la memoria de un pueblo que identificó en Flávio Bolsonaro la misma fuerza indeseable que durante la pandemia recortó el presupuesto del Sistema Único de Salud (SUS) y que intentó un golpe en enero del 2023 incitando a las fuerzas armadas.

La batalla es contra el fascismo

Para Brasil, el resultado del primer turno planteó dos caminos: o continuar ejecutando un programa de desarrollo, fortaleciendo derechos con inversión social y soberanía –para lo cual reelegir a Lula era un factor esencial–, o retroceder a un gobierno promotor de la “Doctrina Donroe”, entreguista, con visiones antidemocráticas, privatizador y sin compromiso con los derechos.

Enfrentar a la ultraderecha significó una acción más audaz y propositiva. El primer paso fue incrementar de inmediato los programas sociales como Bolsa Familia, Bolsa Escuela y Bolsa Empleo y, con un lenguaje directo, mostrar el resultado de las inversiones en universidades y hospitales, en políticas dirigidas a la mujer, a la juventud y a los sectores vulnerables.

Luego, fue fundamental deshacer la imagen del candidato de la ultraderecha, visibilizando su carácter de clase como hijo de una derecha corrupta y paramilitar.

También fue determinante aprovechar que los sectores de una derecha tradicional y del empresariado nacional no confían en un Trump que exige la unilateralidad del comercio bajo pena de sanciones, contratos con enormes ventajas al capital transnacional y acceso a recursos que condicionan el desarrollo del país a un grado inédito de dependencia.

La consigna “Aquí no se escoge entre derecha o izquierda, sino entre entreguismo y fascismo vs. nación, democracia y civilización” se impuso al final.

¡El estallido juvenil!

El 4 de octubre, Bolsonaro obtuvo el 47,03 % de los votos y Lula el 45,16 %. La diferencia fue de 2.224.000 votos y 33 millones de personas no votaron.

La amenaza bolsonarista estaba desafiadoramente viva. El lunes 5, cuando los datos del Tribunal Superior Electoral (TSE) aún estaban siendo totalizados, los estudiantes de las universidades de Río de Janeiro y Recife salieron indignados a las calles exigiendo respeto a la democracia, con sus rostros pintados de rojo, convocando a los trabajadores: “¡Estamos acá para que sus hijos puedan estudiar!”. Nacía el Tsunami de la Esperanza, millares de jóvenes apoyando a Lula, exigiendo su “derecho al futuro” y rechazando el acceso libre a las armas de fuego propuesto por la ultraderecha.

El domingo 11 de octubre, en São Paulo, la Avenida Paulista, el corazón financiero de Brasil, y la orla de Copacabana en Río de Janeiro fueron tomadas por el pueblo: “Vamos a ganar… vamos a ganar… el domingo sal a votar”. Artistas encabezados por Chico Buarque, Gilberto Gil y Caetano Veloso se juntaron en una cruzada cultural antifascista.

¡El estallido digital!

¿Cómo ganarle a Meta? La injerencia de la empresa y sus plataformas –Instagram, Facebook y WhatsApp– era avasalladora. Las milicias digitales bolsonaristas fueron determinantes en su victoria del 2018 y ahora en el primer turno. El “estado de excepción digital” marcaba nuevamente las emociones, manipulando y desafiando la autoridad del propio TSE.

En la batalla digital, la propuesta de una respuesta comunicacional estratégicamente organizada se abrió pasó: el “ejército digital de Lula”, para lo cual fue decisivo el carisma de André Janones, un joven representante a la Cámara de Diputados por Minas Gerais.

El lunes 5, jóvenes internautas se manifestaron en redes desafiando el algoritmo bolsonarista con el objetivo de motivar a los indecisos e indiferentes del primer turno. Con el “Bora Lula” (“Vamos Lula”), Janones asumió el mando. Todas las noches, millares de personas en Brasil y el exterior se conectaron simultáneamente, inundando creativamente las redes y potenciando la campaña.

En las calles, hacer la “L” con el dedo e identificarse del “ejército de Lula” pasó a ser un compromiso popular. La llamada “tropa de Bolsonaro”, impulsada por Meta, intentó reaccionar, pero el “ejército de Lula” ya tenía 10 millones de soldados.

Mientras tanto, Meta, con más de 3000 denuncias, intenta justificar lo injustificable: el favorecimiento algorítmico a Bolsonaro.

Cayó la escala 6 x 1

En las calles, el pueblo exigía que el Congreso aprobara, esa misma semana, el proyecto de Lula de reducción de la jornada laboral de 44 a 40 horas. En lugar de un día de descanso, el trabajador pasaría a tener dos, sin reducción de salarios o derechos. La situación forzó al Senado a que, en 72 horas, la propuesta entrara en el orden del día y fuera aprobada.

Los empresarios, que argumentaban el aumento de los costos de producción y anunciaban quiebra porque, según ellos, no podrían sustentar un aumento del salario mínimo y contratar nuevos trabajadores para compensar las horas de descanso, fueron vencidos en las calles y en el Congreso.

Oportunamente, Bolsonaro, declaradamente contrario a lo que consideraba un “atentado a la economía nacional” y subestimando la comprensión del pueblo, anunciaba cínicamente su apoyo y un ministerio para la prosperidad.

Y ahora Trump…

La ultraderecha, aún en shock, no logra asimilar que este es el resultado electoral fruto de un acumulado de luchas de las clases populares, que no están dispuestas a ceder derechos. Trump, frustrado y sin pruebas, argumenta que hubo “trampas” para favorecer a Lula. El gran capital teme que el gobierno expanda los gastos sociales y obligue a los bancos a renegociar las deudas de familias y microempresarios.

Y Lula… junto al pueblo brasileño, puede encabezar una reacción continental contra el imperialismo y por la dignidad.
28 de octubre 2026
Con información del Semanario Voz

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