Se hace urgente construir una nueva democracia. Foto Leonardo Vargas / Presidencia de Colombia

Actualmente hay un giro “democrático” hacia una postura política conservadora, en la que los derechos fundamentales se concentran en la protección de la propiedad privada y en la que aquella idea vetusta de “tradición, familia y propiedad” vuelve a tomar fuerza

Por: Juan Sebastián Sabogal Parra

La tendencia hacia el conservadurismo se evidencia en la elección de Milei en Argentina o en quienes legitiman el poder en Perú, en Bolivia o en Ecuador. Ahora, tras los resultados de las últimas elecciones, también Chile se suma a la lista.

En 1984, Norberto Bobbio publicaba “Il futuro della democrazia”. En su obra, el politólogo italiano planteó algunos de los problemas centrales de este sistema. Afirmó que la democracia no logró crear una sociedad de individuos realmente soberanos, no eliminó el poder invisible de las oligarquías, no extendió la participación democrática a todos los espacios de la vida y, una de las falencias más graves, no formó ciudadanos activos políticamente.

Luego de analizar cada una de las promesas que había planteado la democracia del capitalismo, Bobbio postuló una conclusión optimista que no sobrepasa la clásica afirmación “este sigue siendo, por ahora, el mejor de los sistemas políticos existentes”.

Fascistas, masas y voto

Sin embargo, para nadie es un secreto, que, así como Álvaro Uribe Vélez, Javier Milei y ahora José Antonio Kast vencieron en unas elecciones, también lo hizo Adolf Hitler, quien, al igual que ellos, tuvo una masa que lo siguió, creyó ciegamente en sus discursos y avaló sus acciones violentas contra judíos, gitanos y comunistas.

Así pues, depositar un pequeño papel en la urna es un arma poderosa para destruir la sociedad. Este problema radica fundamentalmente en algo que expone Fiódor Dostoievski en su obra “Crimen y Castigo”: “Los hombres se dividen en ordinarios y extraordinarios. Los ordinarios deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a transgredir la ley… Los extraordinarios tienen derecho a cometer toda clase de crímenes y a transgredir la ley de todas las maneras, precisamente porque son extraordinarios».

El neoliberalismo ha construido un habitus a través del cual el sujeto se autopercibe como aquel hombre extraordinario criticado por Dostoievski, que no debe pensar por un solo segundo en los demás, sino en su bienestar particular, aun cuando dicho bienestar requiera, de forma consciente o inconsciente, destruir los derechos y los espacios de reconocimiento del otro.

Lo que es peor, considera que el otro, el diferente, sí debe someterse a esa lectura de las mayorías y convertirse en ese hombre ordinario que se arrodilla y repite sin dudar aquello que el poder dicta; aquí, evidentemente el poder no emerge de los privilegios materiales, pero sí de unos privilegios imaginarios. Se busca que prime la seguridad ciudadana, cuando lo único que se posee es la fuerza de trabajo; se busca que disminuya la criminalidad, cuando es la misma derecha la que incentiva su existencia, pues sin ella no tendría plan de gobierno.

De ese modo, esos hombres y mujeres que se autoperciben como extraordinarios y sostienen una “verdad” a través de la cual un individuo debe “ordenar un país” o crear una política de “emergencia” para la salvación, no son más que los mismos sujetos que, tras la Segunda Guerra Mundial, pidieron piedad en Berlín, afirmando que fueron obligados a seguir a Hitler y que los crímenes ocurridos habían sido ocultos, aun cuando se agazapaban obteniendo beneficios de las viviendas vacías de aquellos disidentes que debían desaparecer.

Democracia y educación

A diferencia del planteamiento realizado por Norberto Bobbio, es necesario fundar una nueva democracia, una en la que no primen las mentiras y los privilegios —imaginarios o reales—, sino que, por el contrario, haya una elección que parta del reconocimiento que se tiene del otro, del colectivo y no se fundamente en la protección de “mis bienes” particulares o mi perspectiva individualista. En donde si han asesinado a alguien es porque “algo debió hacer para terminar así”. Esa mirada de ser superior y “extraordinario” es contra la que debe luchar la sociedad.

Así, se convierte en una acción fundamental la exigencia, no de más “democracia”, sino de más educación, de medios de comunicación que informen con dignidad y verdad, pero, ante todo, de trabajo colectivo que permita conocer, reconocer las diferencias y construir desde allí.

En términos de Herbert Marcuse, es urgente la construcción de la conciencia solidaria o, lo que es lo mismo, el estímulo de relaciones sociales no alienadas que permitan el desarrollo de una perspectiva colectivista de la sociedad, en donde se reconozca que las decisiones individuales tienen una expresión en el colectivo, pero siempre con conciencia de la prelación de este.

Comprender en colectivo

No se trata únicamente de modificar la manera en que se elige dentro de un ejercicio de representatividad o de lo que significa realmente una mayoría frente a una minoría, sino de la comprensión real de la existencia de un Yo-en-relación, un individuo que, de manera constante, está inmerso en el mundo y que dicho mundo va más allá de sus necesidades particulares para así observar las necesidades colectivas.

Así pues, la elección de José Antonio Kast como presidente de Chile, el pasado 14 de diciembre, representa y fortalece aquel principio individualista en el que nada importa más que el individuo neoliberal, desclasado y sin la más mínima conciencia del otro, individuo que se ha convertido en mayoría gracias al control de los medios de comunicación y a la existencia de una educación en la que la crítica a las estructuras sociales, políticas y económicas, es la menos visible, mientras que el apego al control, la norma y la normalización de los individuos y los cuerpos es lo primordial.

En definitiva, se hace urgente construir una nueva democracia, una en donde quienes voten partan de la conciencia de lo que se está decidiendo y en la que los pueblos, aquellos que no tienen voz y muchas veces no tienen rostro, aquellos que solo son una cifra en la interminable lista de datos gubernamentales y frente a los cuales no existe la más mínima intención de satisfacer sus demandas, tengan la posibilidad real de decidir por el bien colectivo y dejar de ser los títeres de aquellos que siempre han ostentado el poder.
Con información del Semanario Voz

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