Guerra cultural que atenta contra los más desfavorecidos. Foto Chad Davis, Workday Magazine
La situación que vive Estados Unidos tiene una dimensión en la que no se ha recabado demasiado: el impacto de las acciones fascistas contra niños, niñas y adolescentes, no solo migrantes sino estadounidenses
Por: Luz Marina López Espinosa
Fuera de lo notorio que ha escandalizado a tirios y troyanos, los crímenes y actos de brutalidad policial comunes en nuestras tierras de dictaduras civiles y militares, pero insólitos en “el paraíso de la libertad y la democracia”, tienen una calidad que los subyace y a veces pasa desapercibida. Es la que recoge el dicho “los árboles no dejan ver el bosque”.
Ningún respeto humano
Los asesinatos a sangre fría de George Floyd, Renée Good y Alex Pretti, y el encarcelamiento, entre muchos, de Liam Cornejo Ramos, de cinco años de edad, todos no casualmente en la ciudad de Minneapolis y durante los gobiernos de Donald Trump, se cometen en el marco de una clave política-cultural.
No se trata solo de abusos policiales cometidos por gentes de bajísimo nivel académico y una formación centrada en la exaltación de la fuerza bruta y de quienes la usan, sino de la confrontación de un estado capitalista en su etapa neoliberal y fase imperialista, con la población de una circunscripción ―Minnesota― que por muchos aspectos representa lo contrario. Y eso el actual estado no lo puede permitir. No en vano su soporte es la fuerza bruta y el presidente hizo encendido elogio de quienes cometieron los homicidios, al tiempo que ultrajó a las víctimas.
Esta política antiinmigrante de Trump y la forma como la está llevando a cabo, arrasando con el Derecho Internacional y aun el nacional ―que contempla límites a esa política y consagra garantías para las deportaciones―, hay que tomarla en serio. No es fortuito ni fruto solo de la personalidad arrebatada y delirante del mandatario norteamericano.
Capitalismo y sometimiento
El gran Vladimir Ilich Uliánov lo dijo hace más de cien años: el capitalismo llegará a un momento de fusión del capital bancario e industrial en financiero, de exportación de capitales y sometimiento de las naciones que los reciben, con el consecuente reparto del mundo en trust, gobiernos y grandes compañías: las que mandarán sobre los estados nacionales. Es decir, la fase imperialista donde serán esos pocos gobiernos, trust y capitales los regidores de la tierra.
En esa etapa imperialista, organismos como la ONU que se suponía eran el poder más grande, acatado e indiscutido del planeta, pasarán a ser un adorno. Una antigualla. Lo vemos hoy con claridad absoluta cuando, no solo ante sus ojos impotentes y su voz que es un saludo a la bandera, se comete un genocidio atroz, sino también cuando sus mismas sedes son bombardeadas y sus funcionarios asesinados por un país miembro de esa organización, el que más encarna el ethos imperialista.
¿Y no acaba Donald Trump, por sí y ante sí, de crear un organismo llamado “Junta de Paz”, cuyos estatutos y carta fundacional son exclusivamente su voluntad, que supuestamente resolverá los conflictos del mundo, tarea misional de las Naciones Unidas?
¿Y qué tiene que ver esto con Minnesota y Minneapolis? No es que este estados y esta ciudad sean anticapitalistas o revolucionarios. No tendrían que serlo. Es que la población y los gobernantes de uno y otra, aparte de ser abiertamente anti-trumpistas y mayoritariamente demócratas ―lo que de por sí tampoco les aparejaría la represión que, con excusa de la inmigración ilegal, sufren―, tienen una singularidad: son una sociedad multicultural, profundamente antirracista, con una valoración especial de los inmigrantes, que privilegia el gasto público en lo social. Es decir, la denostación del credo neoliberal y con él, de los dogmas cimiento del imperialismo.
Lo anterior ya explica un hecho sin antecedentes en la historia de los Estados Unidos: que a un estado con tradicional presencia de 80 agentes federales del Servicio de Inmigración y Aduanas ―el temible ICE―, de pronto arriben 4.000. Y que con objetivo prioritario en los centros religiosos, educativos y deportivos, emprendan una violenta campaña contra la población inmigrante en este estado considerado “santuario” de estos, calificativo que para el gobierno Trump tiene una connotación subversiva.
Derechos de los infantes
Es que es una guerra cultural. Contra una concepción de la sociedad incluyente, igualitaria en derechos y atenta a los más desfavorecidos. Y esa guerra, si bien es cultural, el estado imperialista no la libra con razones. La libra es a bala. Porque es un ente totalitario para el que no existen los argumentos. “Abajo la inteligencia, viva la muerte” rugía el general franquista. Tampoco existen los lazos de familia, las vidas trabajadoras y honradas, menos los derechos de los niños.
Y si a los derechos de los infantes nos hemos de referir, que lo digan Liam Conejo, el ecuatoriano encarcelado por serlo; los cerca de 3.800 niños detenidos en todo el país durante el 2025, muchos separados de sus padres; y las docenas de miles de niños palestinos asesinados por el imperialismo sionista en confirmación de su naturaleza racista, supremacista y violenta, es decir, auténticamente nazi.

Una foto compartida por el representante estadounidense Joaquín Castro lo muestra visitando a Liam Conejo Ramos, de 5 años, y a su padre en el Centro Residencial Familiar del Sur de Texas en Dilley
Religión esa cuya liturgia autoriza matar al que no lo sea en aras del predominio de la raza hebrea. Preocupa saber ―aunque tampoco es gratuito― que los temibles federales del ICE son formados en Israel por los mismos autores del genocidio en curso del pueblo palestino.
Con información del Semanario Voz