Movilización del Pacto Histórico en Medellín, Antioquia. Foto comunicaciones Iván Cepeda
El candidato a la presidencia de la República por el Pacto Histórico puso sobre la mesa un programa de gobierno denominado El poder de la verdad. Más que un lema, es una hoja de ruta para profundizar las transformaciones impulsadas por Gustavo Petro
Por: María Camila Díaz
Si algo ha demostrado la historia de Colombia es que la juventud no pide permiso para existir: irrumpe, late, desborda y ha sido brújula que atraviesa diversos momentos tempestuosos. Cuando la Unión Patriótica fue arrasada por fuerzas estatales y paraestatales, miles de jóvenes quedaron huérfanos de referentes y de una patria posible. Aquel genocidio político aún vibra en el aire, como una herida que no termina de cerrar y que, precisamente por eso, nos exige imaginar un futuro distinto, donde la vida sea el centro y las nuevas generaciones puedan caminar sin miedo sobre la historia que otros intentaron borrar en el país.
En el programa de gobierno de Iván Cepeda Castro reaparece una promesa que no teme nombrar. Las tres revoluciones son una invitación directa a que las juventudes asuman su papel como protagonistas de la transformación nacional, no como espectadoras.
Tras casi cuatro años de un gobierno alternativo que permitió que la esperanza dejara de ser consigna para hacerse experiencia tangible, la apuesta de continuidad presentada por Cepeda no se ofrece como un documento técnico, sino como un llamado a seguir construyendo país, a sostener y profundizar un proyecto colectivo donde la vida y la dignidad sean la esencia.
Despertar de la conciencia

Iván Cepeda y Aída Quilcué. Foto Fabián Sora, comunicaciones PCC
La revolución ética no es solo hablar de la moralidad, sino una invitación a un debate más profundo. De acuerdo con la propuesta del candidato, se trata de recuperar la sensibilidad colectiva en un país donde el horror se normalizó y existe la posibilidad de repetirse. Cepeda reconoce que la violencia sistemática destruye, por lo cual, se debe combatir la corrupción, el odio y la degradación moral que han marcado la historia colombiana.
Su propuesta es clara: reconstruir la conciencia moral del país desde el poder de la verdad, desde la memoria de las víctimas, desde su capacidad de encender luz donde otros sembraron escombros y recordar que el afecto para el otro es posible.
Esa ética se vuelve práctica al enfrentar la macrocorrupción que desangra hospitales, escuelas, proyectos culturales y sueños juveniles. Una corrupción que no es accidente, sino sistémica, una red que captura a la institucionalidad y convierte derechos en lujos para el puñado de unos pocos y que despoja a la población colombiana.
Para las juventudes, esta revolución es la promesa más elemental: que el futuro ya no sea un botín, sino un derecho, es decir, una educación del tamaño de nuestros sueños, trabajo en condiciones dignas y territorios donde vivir no sea un acto de supervivencia.
Sembrar país para que nadie tenga que huir
En Colombia, el campesinado ha sido la víctima de todos los sueños rotos. Por eso, Cepeda habla del territorio rural no como ruina, sino como una potencia. Su revolución agraria propone redistribuir tierra, garantizar agua potable, fortalecer la economía campesina, construir vías terciarias y conectar el campo con las ciudades a través de una red justa de alimentos y de soberanía que fomenta formas comunales de la vida y del sostenimiento de esta.
Para quienes crecieron entre invasiones urbanas, desplazamientos o migraciones forzadas, para esa juventud que carga historias que no pidió, de padres y madres arrancados de sus veredas, esta revolución abre un horizonte que parecía imposible: el derecho a no migrar por hambre, violencia o abandono.
La revolución agraria también es urbana: alimentos más baratos en los barrios donde la juventud no subsiste, sino que vive a partir del impulso de transformación y economías populares, participación de formas organizativas juveniles y comunitarias no bajo el estigma, sino desde la vía pública. Sembrar país es sembrar dignidad, visión que dignifica a los jóvenes como sujetos de derechos.
Volver a escribir el país desde abajo
La tercera revolución que plantea Cepeda es la más audaz: una revolución política donde el poder constituyente, ese que nace en las calles, en las asambleas, en los paros estudiantiles, en las mingas, se vuelve protagonista del rumbo nacional. El candidato del Pacto Histórico quiere una democracia donde no se vote cada cuatro años, sino todos los días con la movilización, la veeduría y la palabra.
Habla del Acuerdo Nacional como un pacto que no será de élites, sino de multitudes, así como de la necesidad de renovar lenguajes, pactos y modos para que el país deje atrás la política del odio, la mentira y el espectáculo. Todo eso solo puede hacerse con el papel protagónico de la juventud.
Las tres revoluciones están amarradas por un hilo rojo: la paz. Un propósito que no es solo discurso, sino una política pública. Hace el llamado a la implementación efectiva del Acuerdo de Paz de 2016, considera necesaria la protección de líderes y lideresas sociales, llama a la prevención del reclutamiento con programas como “Jóvenes en Paz” y “Servicio Social para la Paz”, estrategias para que estudiar y trabajar sea más atractivo que empuñar un arma.
Así pues, la evocación hacia la paz, como la posibilidad de vivir sin miedo y de habitar tanto el campo como la ciudad con derechos plenos, convoca a abrir los senderos democráticos donde la derecha sembró guerra, a volver fértiles los territorios que intentaron convertir en desiertos.
Con información del Semanario Voz