En una vieja casona de la Calle de las Trampas de la ciudad de Honda, hace ya cincuenta y cuatro años, empezamos a participar en reuniones medio clandestinas en las que Armando Robledo, sagaz tinterillo, José Isaza, vendedor de pescado, Julián Lemus, vendedor de cachivaches y don Luis Rosario, un locuaz carpintero, nos hablaban del Frente Nacional, esa muralla liberal conservadora que cercenaba la democracia en Colombia, señalaban las terribles injusticias sociales que se vivían en el país, de las violentas represiones policiales y militares a las protestas de la gente, y también nos contaban historias sobre la revolución cubana y acerca del poder de los obreros y campesinos en la lejana Unión Soviética; y ante todo, se hablaba y se soñaba con los grandes cambios y transformaciones revolucionarias que el país necesitaba.

En una vieja casona de la Calle de las Trampas de la ciudad de Honda

No éramos los únicos. Por todo el país estaba regada la rebeldía y las ansias de transformar el mundo y darle la vuelta a la tortilla, como decía una canción republicana española, que también eran parte del mundo nuevo que estábamos conociendo.

Los debates en los que tímidamente empezamos a participar se centraban en temas un poco incomprensibles para los que recién llegábamos. Se debatía sobre las formas de conquistar esos sueños, la táctica y la estrategia a seguir, si por las vías electorales o las insurreccionales, o si el ejemplo era la URSS, China o Cuba. No eran debates solo por el gusto de debatir. De ellos mucha gente tomó decisiones personales trascendentales.

Durante todo este largo medio siglo hemos vivido experiencias inimaginables, dolorosas muchas, otras alegres, pocas quizás. Momentos de inmensas ilusiones y otros de grandes decepciones.

Pero seguimos.

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