Por: Jaime Cedano Roldán
Sienten que son un pueblo perdido en el olvido y que las finas partículas de polvo y arena que levantan los vientos del desierto los invisibilizan ante los ojos del mundo. Saben que muchos en el mundo desconocen que hace medio siglo y un año perdieron su territorio y sus casas, las familias se partieron, unos quedaron bajo el control de los invasores y otros huyeron desierto adentro para instalar en territorio argelino campamentos donde ubicaron su patria en el exilio.
Tras un siglo de protectorado y coloniaje español, parecía que en aquellos tiempos obtendrían la libertad. Pero el 6 de noviembre de 1975 el rey Hassan II de Marruecos envió tropas y multitudes a tomárselo todo, a arrebatarles todo por la fuerza de las armas. Entonces la agonizante dictadura franquista le cedió a Marruecos el protectorado que España poseía, entrega vergonzosa, pero al llegar la restringida democracia, el Partido Socialista en el poder fue incapaz de enmendar la traición.
Es muy probable que Abelardo de la Espriella no tenga ni la más mínima idea de dónde queda el Sáhara Occidental ni los territorios ocupados, ni cómo funciona la República Árabe Saharaui Democrática, RASD, ni tampoco conozca la histórica resistencia de este pueblo, ni las criminales crueldades de que son objeto, ni lo que significa vivir medio siglo en campamentos siendo dueños de unas tierras que poseen valiosas riquezas naturales que son explotadas por el invasor con el beneplácito de la alcahueta Unión Europea, incluida la misma España.
Muy seguramente no lo sabe. Sin embargo, en una lacónica esquela oficial hecha pública cuando el suroccidente de nuestro país se estremecía por el terremoto, y al que su gobierno tardó horas en darse por enterado, la cancillería colombiana anunciaba que reconocía los derechos de Marruecos sobre los territorios saharauis ocupados, que las Naciones Unidas en su conocida inutilidad lleva décadas diciéndoles que los devuelvan.
El ilegitimo gobierno ha colocado la política internacional de Colombia al servicio de la política hegemónica, intervencionista y guerrerista de Estados Unidos. Como un día lo fue el Sáhara de España, ahora Colombia es un protectorado y una colonia yanqui, y obsecuentemente de la Espriella hace lo que Trump le ordena que haga, reconociendo invasiones, genocidios y bloqueos, y autorizando que tropas yanquis entren al país sin tomarse la molestia de plantearlo en el Congreso.
Abelardo quiere parecerse al ultramillonario, déspota y excéntrico monarca marroquí que ha vivido más en París que en Marruecos, así como él mismo, cortesano frustrado, que ha vivido más en Estados Unidos que en Colombia y se ufana de una fortuna de la que algunos empiezan a dudar.
Pero es mejor que Abelardo I se olvide de sus sueños imperiales.
Colombia jamás será protectorado de nadie.
19 de agosto de 2026
Con información del Semanario Voz