Por: Magda Alberto
Crecí viendo en Adela una vecina solidaria. Durante mucho tiempo no supe que aquella mujer que caminaba por el barrio, conversaba con sus vecinos y estaba pendiente de todos, había sido edilesa de la localidad 15, fundadora de la Unión Demócrata de Mujeres y de Cenaprov, primera mujer secretaria política del Partido Comunista en Bogotá, estudiante en la Unión Soviética y una incansable luchadora por el derecho a la vivienda, la paz y los derechos de las mujeres. Para mí, Adela era, antes que todo, mi vecina.
Y quizá ahí está una de las mayores enseñanzas de su vida: la política también se construye en la cotidianidad.
Adela no necesitaba grandes discursos para enseñar a luchar. Lo hacía con el ejemplo. Alimentaba a los habitantes de calle que pasaban frente a su casa, rescataba animales abandonados y estaba pendiente de los jóvenes del barrio. Si alguno se graduaba, buscaba una oportunidad para que pudiera estudiar, trabajar o incluso irse a Cuba a estudiar Medicina.
También recorría casa por casa llevando el Semanario VOZ. Pero no solo llevaba un periódico: llevaba una conversación, una pregunta, una preocupación por la vida del otro. Así acompañó a mi abuela y a tantas mujeres que construyeron el barrio Policarpa; acompañó a mi madre, una mujer soltera que debía sacar adelante a dos hijas y que, en momentos difíciles, necesitaba apoyo. Adela siempre buscaba una posibilidad y repetía: “Chinitas, ustedes pueden. Chinitas, nosotras podemos”.
Su historia también es la historia de las luchas colectivas por aquello que parece cotidiano, pero que define la dignidad: el agua, el acueducto, la escuela, el parque, el salón comunal y, por supuesto, la vivienda. Adela entendió que esas necesidades solo podían convertirse en derechos mediante la organización y la acción colectiva.
En sus últimos años caminaba por el barrio reconociendo nuevos liderazgos. Eso la hacía feliz. Sabía que las luchas no terminan con quienes las comienzan; sobreviven cuando otras y otros las hacen suyas
Por eso seguía preguntando: ¿cómo está tu hija?, ¿tu mamá?, ¿tu trabajo?, ¿tu salud?, ¿cómo estás tú? En esas preguntas estaba su manera de entender la política. Porque no hay política del amor ni política de la vida sin preocuparse por la vida concreta de las personas.
Hoy su ausencia ya no es pequeña ni invisible. Es profunda. Pero también lo es su legado. Nos quedan su rebeldía, su terquedad de luchadora y su certeza de que sí podemos
Mientras una mujer pregunte por otra, mientras alguien acompañe una lucha cotidiana y mientras una comunidad se organice para defender su dignidad, Adela seguirá viva. Porque hay vidas que no terminan cuando se van: se vuelven camino para que otras y otros sigan caminando.
23 de septiembre de 2026
Con información del Semanario Voz