Por: Jeison Paba Reyes

Desde la llegada de Abelardo De la Espriella a la Presidencia de la República, desembarcó con él lo más atrasado de la política criolla: el extremismo religioso, junto a sectores gremiales y económicos que celebran haber recuperado el Estado. Pero lo preocupante no es su estridencia, sino sus consecuencias para los derechos humanos.

El restablecimiento de la alianza con Israel y el giro de la política exterior colombiana abren un debate que no puede reducirse a simpatías ideológicas. Preocupa que Colombia abandone posiciones construidas alrededor del derecho internacional, mientras se estrechan vínculos con un Estado cuestionado internacionalmente por su actuación en Gaza. La defensa de la población civil no puede depender de conveniencias diplomáticas.

También inquieta que la seguridad, la tecnología y la inteligencia artificial ganen espacio en la acción estatal sin una discusión pública suficiente sobre controles, límites y garantías. En un país marcado por el conflicto y la estigmatización, toda herramienta de vigilancia exige controles democráticos firmes.

A ello se suma la tensión con instituciones creadas para proteger los derechos de las víctimas. Las críticas contra la justicia transicional y las señales de distanciamiento frente a la Corte Penal Internacional no son asuntos menores. Debilitar los mecanismos de verdad, justicia, reparación y no repetición tendría consecuencias profundas para quienes han esperado durante décadas por una respuesta del Estado.

Ninguna mayoría electoral constituye una autorización para reducir garantías, estigmatizar al contradictor o convertir los derechos humanos en obstáculo para el ejercicio del poder.

Y aquí aparece la manzana. Una parte del movimiento social confió en que la llegada de un gobierno progresista bastaba para que sus luchas encontraran respuesta en el Estado. Esa fue nuestra manzana de Blancanieves: creer que llegar al gobierno hacía menos necesaria la organización popular, la movilización social, la autonomía y la vigilancia del poder. Nos adormecimos cuando debíamos fortalecernos.

Después de la manzana viene el despertar. Es hora de recuperar la autonomía y encontrarnos en las organizaciones sociales, populares, sindicales, campesinas, estudiantiles, de víctimas y de derechos humanos. Los derechos conquistados nunca quedan asegurados para siempre y ningún gobierno puede sustituir a una sociedad organizada.

Es el momento de volver a juntarnos: defender el Estado social de derecho, la justicia transicional, el Derecho Internacional Humanitario, la memoria y las garantías de quienes piensan distinto. Que nadie espere a que el miedo vuelva a nuestras casas o que defender derechos vuelva a significar persecución o exilio.

Después de la manzana no puede venir otro sueño. Tiene que venir la organización, la palabra, la solidaridad y la acción colectiva. Porque los derechos humanos no se delegan ni pertenecen a ningún gobierno: se defienden colectivamente todos los días.
25 de septiembre de 2026
Con información del Semanario Voz

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