Por: Ómer Calderón
La llamada «batalla cultural» del actual Gobierno es presentada como una ofensiva contra la izquierda, el progresismo o el «wokismo». Pero lo que realmente pretende combatir son principios de la modernidad producto de la lucha de clases de la sociedad capitalista.
La modernidad fue el resultado de siglos de luchas políticas y culturales en las que se lograron grandes cambios con el reconocimiento de la ciudadanía en reemplazo del principio de súbdito del monarca o de feligrés religioso; pasamos del sometimiento a la autoridad del rey o del papa al predominio de la razón crítica que fundamenta el poder democrático; transitamos del dogma al conocimiento sometido a discusión; rechazamos como natural el privilegio para reivindicar la igualdad de todos ante la ley y, con ello, avanzamos en la lucha por el bienestar social y la riqueza cultural para todos; y rechazamos el conocimiento reservado a unos pocos para conquistar la educación pública para todos.
Contra esos principios, la «contrarrevolución cultural» reivindica falacias como la recuperación de «valores fundacionales» o la guerra al «socialcomunismo ateo», pretendiendo imponer desde el Estado qué cultura, qué memoria y qué valores deben definir a la nación.
El problema es que el ilegítimo Gobierno pretende convertir la moral de los gobernantes en política de Estado. La conquista moderna consistió precisamente en separar ciudadanía y feligresía: podemos creer en dioses distintos, o no creer en ninguno, y seguir siendo ciudadanos igualmente libres.
Lo mismo ocurre con la cultura y la historia. En una sociedad moderna, el poder no determina la verdad histórica: esta resulta de la investigación sujeta al conocimiento de los hechos sociales. Tampoco establece una verdad científica, moral o cultural oficial. El ciudadano moderno no recibe del gobernante aquello que debe pensar.
Aquí aparece el sentido profundamente reaccionario de una guerra cultural que mira hacia atrás buscando recuperar una supuesta unidad moral perdida. La modernidad es producto de la lucha de clases, por lo que ninguna autoridad puede restablecer legítimamente valores propios del feudalismo mediante el poder del Estado.
Por eso la guerra cultural desatada por el Gobierno es una expresión de sus rasgos fascistas. No todo conservadurismo es fascista, ni toda reivindicación de la tradición conduce al fascismo. Pero se ha identificado en el fascismo el mito de la regeneración o renacimiento de una nación considerada decadente, como cubierta ideológica de recuperación de formas extremas de explotación del trabajo y usurpación de la riqueza nacional para élites mafiosas.
Asistimos a una guerra cultural que revive antiguas disputas ideológicas: ciudadano o feligrés; autonomía o tutela; pluralismo o uniformidad; conocimiento o dogma; igualdad o privilegio; futuro o restauración. Pero, Camaleón: la vida te da sorpresas.
28 de octubre de 2026
Con información del Semanario Voz