En Colombia hay más de siete millones de niñas. Foto ICBF

La decisión del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar de suprimir la palabra “niñas” de todo el diseño institucional no es un asunto gramatical, sino un acto político de invisibilización que las pone en riesgo.

Por: Renata Cabrales

En el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, la institución encargada de proteger a la infancia colombiana, una palabra inesperadamente se volvió incómoda: “niña”.

La polémica comenzó cuando desde la Regional Huila circuló una instrucción para utilizar “exclusivamente” las expresiones “niños y adolescentes” y prescindir de “niñas” en comunicaciones institucionales. Ante las críticas, la directora general, María Carolina Restrepo Cañavera, defendió otra fórmula: hablar de “niñez”, porque –argumentó– incluye por igual a niños y niñas.

Gramaticalmente, tiene razón: “niñez” es un sustantivo colectivo. Políticamente, el asunto es bastante menos simple, porque una entidad pública no escribe una novela ni compite por ahorrar tres palabras; produce categorías con las que diagnostica problemas, diseña programas y reconoce sujetos de derechos. Y cuando esos sujetos sufren violencias distintas, nombrarlos importa.

Perspectiva de género

Restrepo ha caricaturizado las críticas al lenguaje institucional con ejemplos como el absurdo “familio”, como si pedir que las niñas sean nombradas implicara convertir cada sustantivo terminado en “a” en una conspiración gramatical. Es un recurso eficaz para provocar risas, pero bastante inútil para discutir política pública.

Nadie propone “familio”. Lo que se discute es por qué una institución cuyo Código de Infancia le exige aplicar perspectiva de género querría evitar precisamente la palabra que identifica al grupo más afectado por varias de las violencias que debe prevenir.

Las cifras son menos graciosas. En 2024, Medicina Legal realizó 22.662 valoraciones por presunto delito sexual: 87,5% correspondieron a mujeres y la mayor afectación se concentró entre los 10 y 14 años. El propio ICBF informó en noviembre de 2025 que, desde 2019, abrió 137.607 procesos de restablecimiento de derechos por violencias contra menores de edad; 111.488 víctimas –el 81%– fueron niñas y adolescentes. Entre ellas, la violencia sexual fue la principal causa de ingreso. UNICEF añade que cerca del 10% de las niñas y adolescentes colombianas estaban o habían estado en una unión temprana en 2024.

¿Capricho lingüístico?

La investigación internacional lleva años mostrando que el masculino genérico no siempre funciona cognitivamente como un verdadero universal. Sabine Sczesny y otros especialistas han documentado que las formas lingüísticas inclusivas aumentan la representación mental de las mujeres.

Investigaciones de Dries Vervecken, Bettina Hannover y colaboradores, realizadas con niños y adolescentes, encontraron que mencionar formas femeninas y masculinas genera representaciones más equilibradas e incluso puede ampliar entre las niñas la percepción de que determinadas profesiones también les pertenecen. Un estudio reciente con escolares confirmó que el lenguaje inclusivo aumenta en las niñas la representación de mujeres en profesiones masculinizadas y su propia sensación de capacidad para ejercerlas.

No se trata, por tanto, de una extravagancia latinoamericana. ONU Mujeres recomienda evitar fórmulas que reproduzcan sesgos y utilizar estrategias sensibles al género; la UNESCO pide incorporar lenguaje inclusivo y datos desagregados por sexo en sus publicaciones; y el Consejo de Europa recomienda que la terminología de la administración pública refleje la igualdad entre mujeres y hombres.

El principio es sencillo: si las desigualdades tienen género, las estadísticas, el diagnóstico y la respuesta pública también deben verlo.

Resistencia chiquita

La paradoja crece al recordar otro episodio protagonizado por Restrepo. Días antes, ordenó retirar de la sede del ICBF un mural donde aparecía “Resistencia Chiquita”, lo calificó de “abusivo”, preguntó qué podía saber un niño de resistencia y sostuvo que los niños “lo único que tienen que hacer es jugar”.

El detalle que aparentemente no conocía es formidable: Resistencia Chiquita es un colectivo creado por niñas bogotanas después del feminicidio de Yuliana Samboní, asesinada en 2016. A través del arte, sus integrantes luchan contra la violencia hacia las niñas y reivindican su derecho a participar y ser escuchadas.

La confrontación continuó cuando Restrepo dijo estar cansada de las “feministas de cartel”, a quienes acusó de reducir el feminismo a una pañoleta, un color o una consigna. Defender la igualdad desacreditando a quienes preguntan por garantizarla cuando las víctimas tienen rostro de niña resulta, por decir lo menos, paradójico.

La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce justamente el derecho de niños y niñas a expresar su opinión en los asuntos que les afectan. Protegerlos no equivale a condenarlos al silencio hasta cumplir dieciocho años.

Invisibilidad simbólica y material

Hay una imagen internacional que debería inquietarnos. El documental de ARTE India y China: la revancha de las niñas, estrenado en marzo de 2026, muestra las consecuencias de décadas de preferencia por los hijos varones: niñas abortadas selectivamente, abandonadas o vendidas hasta producir un desequilibrio demográfico gigantesco. Hoy, ante la escasez de mujeres, aquellas sociedades empiezan a reconsiderar el valor de las niñas.

Sería incorrecto afirmar que aquella tragedia ocurrió simplemente porque no se pronunciara la palabra “niña”. Ocurrió porque durante generaciones se les otorgó menor valor social. Pero precisamente por eso el documental ofrece una advertencia poderosa: la invisibilidad simbólica nunca debe analizarse aislada de la invisibilidad material. Primero una sociedad puede considerar innecesario nombrar una diferencia; después puede dejar de medirla, verla y combatirla.

En las palabras

Colombia no es India ni China, pero tampoco puede permitirse frivolizar sus propias desigualdades. Aquí las niñas son mayoría entre las víctimas de violencia sexual, padecen de forma desproporcionada matrimonios forzados y embarazo infantil, y afrontan violencias atravesadas específicamente por el hecho de ser niñas.

Restrepo sostiene que decir “niñez” no borra a nadie. Utilizado como colectivo, es cierto. El problema comienza cuando “niñez” deja de ser una opción lingüística y se convierte en argumento para considerar innecesario decir “niñas” incluso cuando el género explica la vulneración.

Tal vez la discusión no sea si debemos inventar “familio”. Tal vez sea mucho más elemental: si las niñas existen en las estadísticas, en las violencias y en las obligaciones del Estado, ¿por qué habría de resultar tan molesto que también existan en las palabras?
29 de agosto de 2026
Con información del Semanario Voz

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