Foto Musa Alzanoun | موسى الزعنو

La Semana Santa convoca a millones de cristianos en el mundo a conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, elevando mensajes de paz, justicia y redención. En estos días, la fe de las multitudes se traduce en plegarias que claman por el fin de las guerras, las hambrunas y el terror.

Editorial 3314

Sin embargo, este mensaje choca frontalmente con una realidad global ensombrecida por la violencia, el miedo y la muerte. Mientras las campanas llaman a la reflexión, los cañones del imperialismo no cesan. Entretanto el sacrificio cristiano interpela a la humanidad a construir una paz verdadera, ese anhelo es vilipendiado por una maquinaria bélica que —al servicio de la codicia capitalista y el proyecto colonial sionista— ha convertido al mundo en un territorio de saqueo y exterminio.

Con Gaza reducida a escombros y más de 72 mil palestinos sacrificados por las bombas, entre ellos 20 mil niños y 10 mil mujeres, el panorama es desolador. El ataque contra Irán que mantiene en vilo al mundo, los bombardeos a Yemen, las incursiones en Somalia, Irak y Siria en nombre de los «valores» occidentales, la agresión a Venezuela y el asedio a su soberanía, la amenaza constante a Cuba y la doctrina de una «Nueva Norteamérica» que arrebata la autonomía de los países de la región, materializan el rostro más brutal de un imperialismo que arrasa con todo vestigio de humanidad.

En nombre de la «tierra prometida» y el «destino manifiesto» se impone la lógica de un sistema que necesita la guerra permanente para reproducirse; un sistema que convierte el derecho internacional en un adorno retórico mientras impone por la fuerza sus intereses económicos y geopolíticos.

Frente a esta maquinaria de muerte, la reflexión de la Semana Santa no puede limitarse al recogimiento individual, debe transformarse en indignación colectiva y acción organizada.

Como cantaba el venezolano Alí Primera: «Cuando el pueblo se levante / y que todo haga cambiar, / ustedes dirán conmigo: / no bastaba con rezar».

Dentro de las propias tradiciones cristianas existen voces que han sabido leer este drama con claridad política y trabajan incansablemente para enfrentar este aluvión de crímenes.

De la mano de comunidades de fe, organizaciones sociales y movimientos populares, estas voces se movilizan y claman por la construcción de un gran movimiento global por la paz que una a los pueblos en una misma trinchera, conscientes de que la paz se construye con militancia, solidaridad internacionalista y la certeza de que la humanidad tiene el derecho y la fuerza para decir basta.

A esa tradición pertenece la memoria de Camilo Torres Restrepo, el sacerdote que comprendió la coherencia entre el amor al prójimo y la lucha revolucionaria, dejándonos una sentencia grabada en la conciencia histórica: «El deber de todo cristiano es ser revolucionario y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución».

Por ello, cuando en las liturgias de esta Semana Santa se invite a intercambiar el saludo de «la paz sea con vosotros», es imperativo convertir ese acto en un pacto. Un compromiso para transformar, mediante la solidaridad y la lucha, un mundo que implora justicia. Que al final de estos días se escuche con fuerza: «Sólo le pido a Dios / que la guerra no me sea indiferente / es un monstruo grande y pisa fuerte / toda la pobre inocencia de la gente».

Con información del Semanario Voz

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