La profe Gloria en la Unión Soviética a inicios de la década de los ochenta. Foto cortesía de su familia, publicada en redes sociales.
El 14 de julio, hacia el mediodía, la noticia llegó, breve y punzante: Gloria se fue. En silencio, como vivió tantas veces. Sin pedir aplausos. Sin ceremonia. Sin rendirse. Y aunque su cuerpo nos dejó, su voz —esa voz firme, pausada, siempre crítica— no se ha ido
Por: Jefferson Orlando Corredor Uyaban
Porque hay personas que no mueren del todo. Con la partida de Gloria Constanza Rey Vera perdemos mucho más que una profesora. Se va una militante comunista, una formadora de generaciones enteras en la UIS, una mujer íntegra, crítica, culta y profundamente comprometida.
La conocí en el año 2002, en un salón del edificio de Ingeniería Industrial. Pero realmente hicimos amistad —y camaradería militante— con un tinto, en una charla interminable en la cafetería Iraka. Allí fue donde apareció la verdadera Gloria: la que hablaba con pasión, con lucidez, con ese tono entre el desespero y la esperanza que solo tienen quienes creen en la posibilidad de la lucha revolucionaria. Alguna vez nos dijo en clase: “Ustedes tienen que pensar, carajo. No repitan, piensen”. Así era ella. Directa, lúcida, sin rodeos.
El aviso, la decisión
Una vez me contó que iba pasando por la Universidad Nacional cuando leyó un aviso que decía: “Becas para estudiar en la URSS”. Era joven, venía de una familia bogotana tradicional, y lo “correcto” habría sido seguir el camino. Pero Gloria eligió el otro. Se inscribió. Viajó. Y en Moscú comenzó a construir a la mujer que conoceríamos después: la historiadora, la comunista, la maestra, la lectora insaciable.
Estudió en la Universidad Patricio Lumumba, junto a jóvenes del Tercer Mundo que creían —como ella— que el conocimiento debía estar al servicio del pueblo. Allí se formó en Historia, y se empapó del marxismo como herramienta viva para la transformación. Volvió a Colombia con una claridad que nunca abandonaría. Se radicó en Bucaramanga a finales de los años ochenta y empezó a ejercer como docente en la Universidad Cooperativa de Colombia.
A inicios de los noventa llegó a la Universidad Industrial de Santander como profesora de cátedra. Allí dictó Historia Universal, Historia de las Ideas Políticas, Teoría, Fuentes, Metodologías y algunos cursos en Derecho que ya no recuerdo bien. Pero, en realidad, sus mejores lecciones ocurrieron entre cigarro y cigarro, entre tinto y tinto.
Amar al mundo
La cafetería de Ciencias Humanas fue su verdadera oficina. Allí nos hablaba de la Comuna de París, pero también de los poetas malditos. De Marx, Hobsbawm y Giuliano Procacci, pero también de Patrick Süskind, del jazz, del rock, del cine. Nos obligaba —sí, obligaba— a leer, a dudar, a conectar la historia con la música, la política con la poesía, el pensamiento con la práctica. Una vez, en clase, nos dijo sin mirarnos: “Si ustedes no aprenden a amar el mundo, tampoco van a aprender a cambiarlo”. Silencio. Nadie respondió. Pero todos entendimos.
Gloria nunca se escondió. Fue militante del Partido Comunista Colombiano y, en 2015, candidata al Concejo de Florida blanca por la Unión Patriótica. Quienes militamos en la Juventud Comunista la tuvimos como formadora. Nos exigía más que a los demás. No porque fuera injusta, sino porque creía en nosotros. Sabía que el estudio era más que leer libros. Nos enseñó que pensar bien era un acto revolucionario.
En ese mismo 2015, y sin explicación clara, fue retirada de la docencia en la UIS. Fue un acto brutal de silenciamiento. No hubo debate, ni justicia, ni homenaje. Fue como si alguien hubiera decidido borrar a quien tantos habíamos escuchado con admiración. Pero no se borra así a una maestra. Gloria siguió leyendo, conversando, formando, como si nada. Como siempre. Con la cabeza en alto y el corazón intacto.
Gracias, profe Gloria
Gloria también era eso que pocos académicos son: humana. Amaba la literatura, la música, los libros con olor a viejo y de segunda. Nos prestaba novelas. Nos recomendaba películas. Nos mandaba tareas no para aprobar un curso, sino para transformarnos. Una vez me dijo: “Escribir es una forma de pelear por dentro”. Y yo lo supe después: escribir es no dejarla ir del todo.
Hoy, quienes fuimos sus estudiantes, sabemos que no ha ido del todo. Vive en cada tiza o marcador de tablero. Vive en cada profesional que formó y que sigue enseñando, organizando, investigando, luchando. Su legado permanecerá en nosotros multiplicado.
Hoy la recuerdo con tristeza y alegría, pero sobre todo con gratitud. Porque me mostró que pensar es una forma de amar. Que enseñar es un acto de militancia. Y que la historia no está escrita en piedra, sino en tinta, en la memoria colectiva, en el café con cigarrillo, en la voz de quienes no se rinden.
Gracias, profe Gloria, por no ceder. Por hacernos incomodos a esta sociedad. Por hacernos mejores. Hasta siempre camarada.
Con información del Semanario Voz