La 36.ª cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), celebrada en Ankara, la capital de Turquía —en el complejo presidencial Beştepe— los días 7 y 8 de julio, contó con la presencia de los líderes de los 32 países miembros de la alianza, además de delegaciones asociadas.
Por Pablo Jofré Leal
Periodista. Analista internacional
Todos ellos se reunieron teniendo como anfitrión al presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, bajo el marco de avanzar, bajo el lema de una «OTAN 3.0», hacia un modelo de alianza explicitado en una arquitectura de implementación bajo los siguientes objetivos:
Garantizar el financiamiento de los presupuestos de guerra de esta alianza, a largo plazo, ante la amenaza creciente de Estados Unidos de reducir su contribución financiera y militar.
En estrecha correlación con el punto anterior, definir los pasos y decisiones para fortalecer una industria militar, específicamente europea, que permita vigorizar sus complejos militares-industriales y, de esa forma, activar también sus desfallecientes economías. En este punto, hay que tener presente que el 65 % de las armas de las cuales dispone la alianza otanista proviene de la industria militar estadounidense.
Llevar a cabo un proceso de modernización tecnológica, principalmente en las áreas de defensa aérea, fomentar las capacidades de producción de misiles de ataque de precisión profunda y desarrollar sistemas aéreos no tripulados (drones), junto con el desarrollo de capacidades de ciberataque y ciberseguridad.
Continuar con el apoyo financiero y militar al régimen ucraniano bajo la idea de crear mecanismos de ayuda institucionales obligatorios, que no dependan de la voluntad de los diversos gobiernos. Este apoyo se convierte en la excusa perfecta para llevar adelante sus planes belicistas.
La Cumbre de la OTAN se desarrolló en un contexto de alta tensión geopolítica, donde destaca el crónico genocidio del pueblo palestino a manos del régimen israelí, uno de los aliados extrarregionales más potentes de la alianza militar europea comandada por Estados Unidos; misma entidad que agrede al Líbano, Yemen, Siria y a la República Islámica de Irán en un proceso de guerra híbrida en forma permanente.
A esto se une la guerra prolongada en Ucrania, conflicto en el cual la OTAN es el principal apoyo al protectorado de facto administrado por Volodímir Zelenski, con el objetivo principal de generar una política de enfrentamiento contra la Federación de Rusia. Adicionemos la decisión de acrecentar la militarización europea, que implica gastos en presupuestos de guerra que obligan a pasar del 2% de gasto actual a un 5% para el año 2035.
Este dinero sale del gasto social (sanidad, educación, pensiones), lo que traerá consigo fuertes presiones de la población, que más temprano que tarde deberá levantarse contra estas medidas que atentan contra sus propios derechos. En mis diversos análisis sobre esta materia suelo sostener que los compromisos para alcanzar las metas de gasto militar de la OTAN obligan a los gobiernos europeos a realizar severos recortes ministeriales, para no sobrecargar el endeudamiento o los impuestos (1)
Lejos de abrir caminos hacia la paz, el encuentro confirmó una lógica centrada en el rearme, la expansión de alianzas y la subordinación europea a los intereses estratégicos de Estados Unidos, aunque este amenace a sus socios y el mundo europeo sostenga que es necesario tener un futuro de menor dependencia. Por ello, uno de los ejes centrales fue precisamente la sumisión militar respecto de Washington. Una puesta en escena de aparente conflicto pero que no pudo ocultar la claudicación europea.
Trump aprovechó esta Cumbre para lanzar su artillería de desprecio a Europa a través de sus críticas a España, calificándola como una causa perdida. Señaló textualmente: “España es un aliado terrible en la OTAN. No participa, no paga. No quiero tener nada que ver con España. Corten todo el comercio con España, por favor, incluidas las visitas. No queremos tener nada que ver con ellos…”. (2)
Afirmó que “las autoridades españolas son mala gente, porque, como saben, todos los demás están pagando y trabajando (…) Hay un par de países más, pero especialmente España. Lo dicen abiertamente, son hostiles”. Pero, cuando se trata de Trump, hay que estar alerta frente a sus cambios de narrativa, que muestran ese desquiciamiento del cual se le acusa ya que, en declaraciones a bordo del avión presidencial de regreso a Washington desde la Cumbre en Ankara, el voluble personaje afirmó que España “se redimió por completo al acceder a una importante solicitud de pago a la OTAN”, sin ofrecer más detalles sobre el acuerdo.
Bajo el discurso del “reparto de cargas”, Europa volvió a ser humillada y obligada a seguir avanzando en el aumento de presupuesto militar, determinado por Washington a sus socios europeos, calificados en su momento de cobardes y “tigres de papel” por un Trump que, a la hora de mostrar su megalomanía, no distingue entre amigos, adversarios y enemigos. La autonomía estratégica de la cual tanto hablan Emmanuel Macron y otros líderes europeos como el canciller alemán Friedich Merz son simple parafernalia verborreica.
Precisamente Alemania aparece como ejemplo de esta tendencia. Incrementa de manera sostenida su presupuesto militar y se consolida como motor del rearme continental, con un poderío vinculado al apoyo político y material al régimen israelí en el marco del genocidio contra el pueblo palestino.
La elección de Turquía como sede también tuvo un fuerte significado político. El gobierno de Erdogan se presenta como actor indispensable para los intereses occidentales por su ubicación estratégica con límites geográficos con el Mar Negro, Mar Mediterráneo, Asia occidental, el Cáucaso Sur y un pie en Europa. Cruce de oleoductos y gasoductos, una potencia regional que además cuenta con el segundo ejército más grande de la Alianza.
Ese aval refuerza una política de mayor intervención regional, con riesgos directos para Siria, El Líbano, Irak y la propia República Islámica de Irán, como se advierte en el influjo mayoritario con Azerbaiyán, que a su vez ha desarrollado vínculos militares y de seguridad con el régimen sionista israelí. Turquía en su doble juego de ser miembro de la OTAN y al mismo tiempo tratar de reflotar y concretar la llamada doctrina de la profundidad estratégica (3) ayuda a la fragmentación de la región.
La presencia militar turca en países vecinos, tanto al norte de Siria como al norte de Irak, bajo la excusa de combatir el terrorismo o resguardar fronteras, en realidad contribuye a los planes de desestabilización occidentales. Esto termina facilitando la impunidad de las agresiones sionistas contra el pueblo palestino y el Líbano, al desarticular la soberanía de los Estados árabes que podrían hacerles frente.
La Cumbre además consolidó lo que su secretario general, Mark Rutte, llamó una “OTAN 3.0” donde lo mencionado, respecto al paso del 2% al 5% del PIB destinado a defensa hacia 2035, marca un derrotero de enorme peligro para el mundo en general. Una meta que profundiza la subordinación de las economías europeas al complejo militar-industrial, mediante la renovación de arsenales, el aumento de tropas, los sistemas de misiles y nuevas tecnologías de guerra.
En relación con Ucrania, la OTAN reafirmó su decisión de seguir transfiriendo recursos financieros y armamento a Kiev, con paquetes multimillonarios proyectados para 2026 y 2027 que suman un total de 150 mil millones de euros. Un panorama que no vislumbra una salida diplomática y donde la continuación de la guerra contra Rusia, por la triada conformada por Estados Unidos, la OTAN y usando como testaferro a Ucrania aparece tratada como negocio rentable para las élites políticas, militares e industriales del continente europeo.
El encuentro también amplió su radio de acción al convocar a socios del Indo-Pacífico —Australia, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur— y a monarquías del Golfo Pérsico como Bahréin, Kuwait, Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Bajo el nombre de “seguridad global”, la Alianza busca extender su influencia, coordinar mercados de armas y asegurar alineamientos políticos más allá del Atlántico Norte.
El saldo político es claro: la OTAN no habla el lenguaje de la paz, sino el de la guerra, el dominio geopolítico y la expansión militar. Sus decisiones impactan de manera directa en el Sur Global, pues presionan a nuestros países a alinearse, encarecen la energía y los insumos, y desvían recursos que deberían destinarse a salud, educación, infraestructura y desarrollo social. Y este punto genera enormes criticas sociales que considera a la OTAN como un saco roto del dinero que sale de los impuestos de las sociedades de este continente.
De la ya concluida Cumbre del mundo político militar de la OTAN nada bueno se vislumbra para nuestros países, ni siquiera para las sociedades europeas, más allá de sumirlas en incertidumbres a partir de las decisiones belicistas de su elite gobernante. La Cumbre de Ankara, así como las anteriores, han ido imponiendo una agenda de militarización global que impone una presión financiera sobre los 31 países europeos miembros pero que tiene efectos evidentes sobre el sur global.
Esto, porque el sobredimensionamiento, en presupuestos de defensa y la compra masiva de armamento quita recursos cruciales que deberían destinarse al desarrollo social, la salud y la infraestructura, no sólo en Europa, sino que cataliza carreras de armas en nuestros países. Obliga a los países del Sur Global a alinearse o a sufrir las consecuencias colaterales de una economía global orientada a la guerra, la inflación de insumos y la inestabilidad energética.
Un resumen de las conclusiones de esta Cumbre permite avizorar el peligro que se cierne para el mundo:
Reafirmar el gasto presupuestario en guerra de un 5% para el año 2025 (un 3,5% para armas y un 1,5% para el ámbito de seguridad e infraestructura asociada. Se estima el gasto medio al 2026 en un 3,93%. La meta está cerca para regocijo de las elites políticas y militares
Implementar un ciclo de compras masivas al interno de los complejos militares industriales europeos. Gastos para el resto del año 2026 y 2027 de 50 mil millones de euros.
Creación de la llamada “NATO Engine” (4) una red de fábricas aliadas para acelerar la producción de armas.
Apoyar capacidades militares centradas en la conformación de tropas aerotransportadas en el área de alertas tempranas (5) que implica cesar ciertas ideas de compras a Estados Unidos, como también el desarrollar sistemas de misiles de largo alcance y sistemas de lanzadores cuyo objetivo está claramente orientado a implementar nuevas agresiones contra la federación e Rusia, bajo el concepto de capacidades de ataque de precisión terrestre
Seguir apoyando al régimen ucraniano en materias de defensa aérea de este país que implica suministro de dones y misiles de largo alcance, pero que no implica avanzar en la solicitada incorporación de este país a la estructura formal de la OTAN lo que nos demuestra que simplemente se trata de un proxy destinado a servir a los intereses del liderazgo otanista.
Creación de un banco multinacional destinado a financiar gastos en armas, tropas y campañas bélicas que permitan afrontar “las brechas de financiación” sobre todo en gobiernos más ¨débiles” junto a empresas menores ligadas al mundo del complejo militar industrial.
Trabajar por una agenda geopolítica periférica. Expresando su “profunda preocupación” respecto a la guerra de agresión e Washington y su proxy israelí contra la república islámica de irán y como afecta al suministro energético mundial, en la zona del estrecho de Ormuz.
Se suma el tema de Groenlandia y las amenazas de Trump de apoderarse del territorio insular de tal forma de controlar una zona estratégica como es la denominada Ruta del Ártico. Otro foco de conflicto con la federación de Rusia y la República Popular China.
Reafirmación del Artículo 5 de la carta de la OTAN: Establecida en la declaración final de la Cumbre en Ankara donde se señaló “”Nos hemos reunido en Ankara para reafirmar nuestro compromiso inquebrantable con nuestra defensa colectiva en virtud del Artículo 5 del Tratado de Washington y con el vínculo transatlántico. Un ataque contra uno es un ataque contra todos”
La Cumbre de Ankara con las directrices emanadas para los miembros de esta alianza militar responden, principalmente, a la estrategia imperial hegemónica de Estados Unidos y representan un peligro directo para la estabilidad global, en especial para el Sur Global. Un encuentro aliancista que confirma que la OTAN actúa como una maquinaria de militarización global.
Frente a un mundo marcado por crisis sociales, desigualdad y conflictos abiertos, genocidios, agresiones, usurpación de territorios la Alianza OTANISTA responde con más armas, más bases y más presupuestos de guerra. En su vocabulario, la paz no ocupa un lugar central: apenas aparece como excusa para sostener una arquitectura internacional basada en la fuerza.
14 de julio de 2026
Con información de HispanTV