El sueño del American way of life deja al descubierto la cruda política del imperialismo. Foto White House

Las ocupaciones militares, los genocidios y la corrupción que rodean la política interna de Estados Unidos son un teatro, donde los actores protagonizan hazañas que unen a pueblos migrantes

Por: Pietro Lora Alarcón

Trump utilizó el 4 de julio para exaltar que Estados Unidos son el país de la libertad y la democracia, dejando además recados a sus votantes y financiadores. Analizados críticamente, los lados de su discurso muestran tanto la falsedad de la historia que narró, como la potencialidad manipuladora de su visión imperialista. A primera vista, algo inconsecuente, de ocasión. Pero estructuralmente, algo más pensando, inmoral y peligroso.

El presidente buscó autolegitimarse en una noche de tempestades. Comenzó tarde, pero rechazó aplazar. La línea expositiva estaba dibujada para ese día: eran los 250 años de la independencia. Entre la mentira y la amenaza, había que transmitir la imagen de la sociedad segura y armada, de la arrogancia imperial y enaltecer una nación “hecha a semejanza de Dios”.

Las frases de Trump

Para Trump su discurso es la verdad. Así que sus palabras son hechos declarados y corroborables, aunque él mismo reconozca que no siempre es así: “Somos el país de la justicia…aunque a mi no se me aplicó…pero no voy a entrar en eso ahora”, dijo.

Los Estados Unidos “somos una gran familia”; “somos el país que acabó con las mayores injusticias durante todo el siglo XX hasta hoy”. Y “no queremos que los comunistas, que no tienen la mínima oportunidad, estén en nuestro país; el comunismo es el cáncer de la humanidad”.

Para Trump, la independencia estadounidense es “la conquista culminante de la humanidad”; “nuestra constitución es el documento político más importante jamás concebido porque garantiza la libertad de expresión, la religiosa y una justicia igual”; nuestros “patriotas inmortales”, los “padres fundadores” fueron los “genios que postularon los derechos inalienables a la vida, la libertad, la igualdad y la búsqueda de la felicidad”.

Los códigos del discurso pasan por reafirmar, insistentemente: “Construimos las fuerzas armadas más poderosas del mundo. Miren a Venezuela y a Irán (…) hemos reconstruido el imperio, se llama el imperio de la libertad (…) conquistamos el salvaje oeste; nuestro ejército poderoso hundió a los españoles en Manila. Una victoria mejor, incluso que la de Irán”.

La otra historia

Sin embargo, siempre hay una contrahistoria. Como dice el profesor Amilcar Figueroa, no hay historia aséptica y toda historiografía toma partido. No son pocos los que reconstruyen con aires seductores y pasajes endulzados el pasado de los Estados Unidos.

Las ocupaciones militares, los genocidios y la corrupción que rodean su política interna son disfrazadas en un teatro cuyos actores protagonizan hazañas uniendo pueblos migrantes. Es el sueño del American way of life, siendo construido y sirviendo de escudo a la realidad desnuda y cruda del imperialismo.

Parte de esa otra versión, verdadera e inocultable, es que el régimen político estadounidense se forjó en la antidemocracia, la exclusión y la barbarie. Es un dato histórico que los ascendentes directos de los llamados “padres fundadores” – entre ellos Alexander Hamilton, Madison y Jay– devastaron territorios, ocuparon, saquearon, masacraron y sometieron por la fuerza poblaciones enteras de indígenas, llamados peyorativamente “pieles rojas”.

Los patriotas, exaltados por Trump y que inventaron el federalismo como modelo de organización político-administrativa de un Estado, considerado “moderno”, mantenían haciendas repletas de esclavos mientras hablaban públicamente de la libertad y de la igualdad. Esa clase dominante que condujo el Estado despreciaba a las familias migrantes orientales, no concedieron derechos políticos aún a los afrodescendientes libres y realizó las primeras prácticas eugénicas, que luego serian desarrolladas por los nazis en Alemania.

La “conquista del Oeste”, constataba Federico Engels, fue la manera encontrada al final del siglo XIX para camuflar sus conflictos de clase, incentivando la mano de obra proletaria excedente en el Este recién industrializado a continuar ocupando territorios.

Autores como D. Losurdo o Danut Craiu catalogaron los Estados Unidos como el primer país a proclamar la “democracia para el pueblo de los señores»; es decir, en favor de los propietarios de esclavos por cuestión racial. La esclavitud y la segregación se institucionalizaron en la Constitución de 1787. Además, se prohibió abolirla porque para determinar el número de representantes en el Congreso el cálculo partía de considerar que los esclavos eran las tres quintas partes de la población blanca.

En la alocución de Trump, el Ku Klux Klan no aparece, ni el macartismo, ni la censura en el siglo XX en tiempos de la Guerra Fría.

Entre armas y restricciones al voto

Trump enfatizó: “He defendido la Segunda Enmienda”, refiriéndose al polémico derecho a poseer y portar armas, vigente desde 1791, fuertemente justificada por los lobistas de la Asociación Nacional del Rifle y grandes corporaciones militares.

Y luego reafirmó: “Aprobaremos el Save America Act…que establece que todos los votantes deben mostrar su identificación y algo pequeño llamado ciudadanía”.

El proyecto de ley, que establece una política electoral restrictiva, fue aprobado por la Cámara en abril del 2025 y hoy está en el Senado. Trump intenta, a través de la llamada “prueba de ciudadanía”, exigida al momento del voto, controlar el proceso electoral y detectar indocumentados.

El instituto de observación electoral Brennan Center denuncia que en la Florida, Dakota del Sur y Utah, ya se aprobaron leyes similares. Con la nueva ley, más de 21 millones de personas serían afectadas. Según el Instituto: “Las elecciones en los Estados Unidos son vulnerables por la manipulación partidista y los esfuerzos deliberados de suprimir el voto generalmente de comunidades no blancas y de jóvenes”.

Las políticas van acompañadas, manifiesta Margy O’Herron, “del aumento de recursos para la ICE en 70 mil millones de dólares para seguir adelante con la estrategia de deportaciones masivas, incluyendo el encarcelamiento de inmigrantes que no representan una amenaza para la seguridad pública, así como la vigilancia masiva tanto de inmigrantes como de personas ciudadanas”.

Un presidente como Trump necesita construir su historia; es parte del proyecto imperial. Y hay fechas importantes para los pueblos. En Colombia nos aproximamos a un 20 de julio de movilización. Entre el 4 de julio de Trump y el 20 nuestro, me quedo con el nuestro, incluso porque el 4 preanuncia solo tragedias, mientras que el 20 concentra nuestra esperanza y resistencia.
18 de julio de 2026
Con información del Semanario Voz

Pin It on Pinterest