El próximo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, está entrando cantinflescamente en el escenario de dictadores excéntricos y alucinados patrocinados por Donald Tump.

Por Jaime Cedano Rondán

“El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina”. Estas extravagancias de dictadores latinoamericanos y del Caribe fueron relatadas por Gabriel García Márquez en su discurso “La soledad de América latina”, pronunciado en la ceremonia de entrega del Nobel de literatura en 1982.

El próximo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, cuya elección tiene más dudas que certezas, está entrando cantinflescamente en el escenario de dictadores excéntricos y alucinados patrocinados por Donald Tump en medio de la ola ultra reaccionaria que recorre el mundo.

Abelardo no prestó el servicio militar pero los uniformes y las armas son su obsesión. Fue en un campamento de paramilitares donde empezó su carrera pública organizando y coordinando un foro para universitarios en el que comandantes paramilitares explicaban las razones y justificaciones de la existencia del narco-paramilitarismo en el país. Usa como identidad personal el institucional saludo militar, se exhibe en los actos públicos junto a escoltas de mirada torcida y armas poderosas, y está obstinado en tomar juramento como presidente, no en las escalinatas del capitolio nacional y frente al congreso en el corazón político e histórico de Colombia, como lo han hecho todos los presidentes y lo establecen las normas, sino en una guarnición militar. Busca con esto ganar al ejército para su proyecto ultra reaccionario politizando su actuar como en los peores tiempos de la Operación Cóndor o de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Anuncia que gobernará a punta de decretazos y lucha por desplazar de las jefaturas de la extrema derecha, a las buenas o a las malas, a quien hasta hace muy poco era su ídolo venerado, Álvaro Uribe Vélez.

Ha decidido que Medellín será la sede nacional del proyecto yanqui del Escudo de las Américas e impulsará con Trump y Netanyahu un “Plan Patriota Dos” que será copia del fracasado Plan Colombia de los tiempos de Uribe, plan que dirigido por el Pentágono y por el Mossad propició la paramilitarización del país y la profundización y degradación del conflicto o la guerra colombiana.

Pero no solo son de tinte militarista las extravagancias del cuestionado presidente electo. También lo es la religión. Sabido es que desde siempre proclamó públicamente su ateísmo, pero iniciada la campaña electoral muy convenientemente se hizo cristiano, y trajo a su lado a otro oscuro y tramposo alucinado que tras años de una convulsionada y oscura vida política, profesional y personal recibió, dice él, un mensaje divino, una llamada celestial y se hizo obispo protestante, y funge ahora como el máximo pastor y gurú ideológico de los nuevos inquisidores. Comandará la gran guerra cultural contra el demonio, el comunismo y el progresismo empezando, según lo han dicho, por sacar a Marx de las aulas y que en ellas entre la santa presencia del dios de las nuevas sectas del poder. Presentarán proyectos de ley para instaurar la Semana anticomunista y para crear la cátedra anticomunista en escuelas y colegios. De fondo el ilegitimo gobierno tiene como objetivos tomar el rumbo del neoliberalismo salvaje, destrozar las reformas sociales, acabar con toda política de paz y obedecer ciegamente a Trump, incluyendo el apoyo al genocidio del pueblo palestino.

Junto a Javier Milei, Abelardo de la Espriella representa una nueva generación del viejo gorilato latinoamericano donde se ubican los señalados por García Márquez en su discurso, más otros más conocidos como Papa Duvalier, Anastasio Somoza o Augusto Pinochet. Los de antes eran gorilas oscuros y sombríos, los de hoy parecen interpretar una mala y hasta cómica comedia de emperadorcitos, visten de rosado y a la italiana, aunque no por ello no dejan de ser extremadamente peligrosos.
Viene ahora una fuerte batalla democrática y civilista.
28 de julio de 2026
Con toda seguridad, no pasarán.
Con información de Mundo Obrero

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