Por: Jorge Hernando Delgado Cáceres

El maestro Arlés Herrera «Calarcá» nacido en Armenia, Quindío, el 23 de junio de 1934, en el seno de una familia campesina marcada por la trashumancia, su infancia estuvo profundamente ligada al trabajo rural y al contacto con una cultura popular que moldeó su sensibilidad artística y política. La lectura de novelas sociales y revolucionarias, compartidas en familia, despertó tempranamente en él una conciencia sobre las desigualdades y las luchas de los trabajadores, una preocupación que más tarde definiría el contenido de toda su producción artística.

Hablar de “Calarcá” es recorrer una parte fundamental de la historia de la caricatura política colombiana. Su vida y su obra constituyen el testimonio de un artista que hizo del dibujo un lenguaje de resistencia, de memoria y de compromiso social. Más que un caricaturista, Calarcá representa la figura del intelectual que convirtió el arte en una herramienta para interpretar las contradicciones del país y denunciar las injusticias de su tiempo. Su trayectoria no solo representa la consolidación de un lenguaje artístico de enorme calidad técnica, sino también la construcción de una manera de comprender el papel del arte dentro de la vida política de una sociedad.

En Colombia, la caricatura política ha ocupado tradicionalmente un lugar ambiguo. Aunque ha acompañado la historia republicana desde el siglo XIX, durante mucho tiempo fue considerada un género menor frente a la pintura o la escultura. Calarcá rompió esa percepción. Dotó a la caricatura de profundidad conceptual, rigor plástico y una extraordinaria capacidad para interpretar las tensiones sociales del país.

La caricatura como resistencia política y memoria histórica

Desde muy joven comprendió que el dibujo podía ser mucho más que un ejercicio estético. En Cali y Moscú recibió sus primeras enseñanzas en pintura. Aquella experiencia internacional enriqueció su técnica, pero nunca modificó el propósito esencial de su obra: poner el arte al servicio de las causas populares. Su llegada a Bogotá, en 1957, coincidió con una etapa de intensa efervescencia política y cultural. Allí encontró en el semanario Voz, el espacio desde donde desarrolló una de las trayectorias más sólidas de la caricatura política latinoamericana. Desde 1962 sus dibujos comenzaron a acompañar la historia contemporánea de Colombia, convirtiéndose en una crónica gráfica de la violencia, la desigualdad social, la corrupción, el imperialismo y las luchas de los sectores populares.

Su caricatura no buscó la neutralidad; buscó la confrontación ética. Sus trazos denunciaron el abuso del poder político y económico, defendieron los derechos de los campesinos, los trabajadores, las comunidades indígenas y, en sus últimos años, incorporaron con fuerza la defensa del medio ambiente y del agua como nuevas banderas de la justicia social. Esa coherencia entre pensamiento y creación explica por qué su obra conserva una vigencia que trasciende coyunturas políticas específicas. Es también pintor, escultor, retratista, acuarelista, cronista gráfico, periodista y maestro de generaciones enteras de artistas. Su trabajo sobre la caricatura fisonómica revolucionó el género en Colombia al convertir el rostro humano en un territorio de exploración psicológica, donde cada línea exagerada revelaba rasgos de carácter, posiciones de poder o contradicciones personales. De esta manera amplió el horizonte expresivo de la caricatura colombiana y contribuyó decisivamente a dignificarla como disciplina artística y no simplemente como ilustración periodística.

Su trabajo se inscribe dentro de una tradición latinoamericana donde artistas como Posada, Quino o Rius entendieron que el humor constituye una forma de cuestionar el poder. Sin embargo, Calarcá desarrolló un camino propio. Su interés nunca estuvo únicamente en ridiculizar personajes públicos, sino en desnudar las estructuras políticas, económicas y culturales que producen la desigualdad y la violencia. En sus dibujos no aparece simplemente un gobernante; aparece un sistema de relaciones de poder.

El hombre que dibujó la conciencia política de Colombia

Quizá uno de sus mayores aportes haya sido precisamente la formación de nuevas generaciones. En este sentido, Calarcá no solo produjo una vasta obra personal: construyó una escuela de pensamiento gráfico que continúa vigente. Su legado también posee una dimensión histórica invaluable. La donación de cerca de 2.800 caricaturas al Centro Nacional de Memoria Histórica convirtió su archivo en uno de los registros gráficos más importantes sobre las luchas políticas y sociales de Colombia durante la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Cada caricatura constituye un documento histórico que permite comprender las tensiones de una época desde la mirada crítica de un artista comprometido con la transformación social.

Desde una perspectiva crítica, la obra de Calarcá demuestra que la caricatura posee una enorme capacidad para intervenir en la esfera pública. Mientras otros lenguajes visuales buscan únicamente entretener, su dibujo obliga al espectador a pensar, cuestionar y tomar posición frente a los acontecimientos. Su humor nunca fue complaciente; fue un instrumento de análisis político y de denuncia social. Precisamente por ello sus caricaturas conservan actualidad: porque hablan menos de personajes individuales que de estructuras de poder, desigualdad y exclusión que aún persisten.

Hoy, cuando la imagen circula con velocidad y el humor gráfico suele diluirse en la fugacidad de las redes sociales, la obra de Calarcá recuerda que la caricatura puede ser también memoria, pedagogía y resistencia. Su vida demuestra que un lápiz puede convertirse en un instrumento de transformación cultural cuando está acompañado por una sólida convicción ética. Su seudónimo, Calarcá, constituye una declaración de principios. Adoptó el nombre del legendario cacique pijao que resistió la conquista española, convirtiendo aquella figura indígena en símbolo permanente de rebeldía, dignidad y resistencia frente a toda forma de dominación.

El maestro Arlés Herrera «Calarcá» deja así un legado que trasciende el ámbito artístico. Es patrimonio de la caricatura colombiana, referente de la libertad de expresión, cronista visual de las luchas populares y formador de generaciones enteras de artistas. Su obra confirma que el verdadero arte no solo representa la realidad: también la cuestiona, la interpreta y contribuye a transformarla. En ese sentido, Calarcá permanecerá como uno de los grandes constructores de la memoria gráfica y política de Colombia. Mientras existan ciudadanos dispuestos a cuestionar el poder mediante el arte, el ejemplo del maestro Calarcá continuará vivo como una de las expresiones más altas del pensamiento gráfico colombiano.
2 de agosto de 2026
Con información de El Quindiano

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