Replica de la Casa Blanca en Barraquilla. Foto @deimerespinoza

Sin el cumplimiento de los requisitos constitucionales, el nuevo gobierno se posesiona en una ceremonia sui géneris: con brotes fascistas, ánimo revanchista y primeras derrotas políticas

Por: Hernán Camacho

El próximo 7 de agosto, Abelardo de la Espriella tomará posesión como presidente de Colombia en una ceremonia en Cali que ya ha sido cuestionada por apartarse de la tradición constitucional. El cambio de mando es el escenario de una disputa política y cultural profunda entre el legado de las reformas progresistas, la conciencia popular sobre los cambios alcanzados y el retorno de la restauración conservadora.

Antes de que el nuevo gobierno comience, la oposición ya ha anotado una victoria simbólica y la derecha ha mostrado sus primeras fracturas. La decisión de trasladar la posesión a Cali, en lugar del Capitolio Nacional, no fue un gesto menor: representó la segunda derrota política del presidente electo, que había intentado, sin éxito, que la ceremonia se realizara en una guarnición militar en el Cauca.

Tensión en la derecha

La extrema derecha llegó al poder dividida. Por un lado, el uribismo clásico, encarnado en la numerosa bancada del Centro Democrático, que cuenta con 17 curules en el Senado, mantiene su fuerza territorial y su capacidad de influencia.

Por otro, la nueva derecha, heredera de la tradición laureanista que encarna el propio De la Espriella, se tomó las principales trincheras del gobierno: la vocería y la estrategia política con el control de la agenda presidencial a través de Nicolás Gómez, jefe de despacho de la Casa de Nariño; las finanzas nacionales con Miguel Gómez Martínez en el Ministerio de Hacienda; y el manejo del Congreso a través de su partido, Salvación Nacional, cuya bancada es liderada por el senador Enrique Gómez.

Sin embargo, esta nueva derecha no logró imponerse en el Legislativo. El uribismo y el Pacto Histórico, que cuenta con 26 curules en el Senado, en una inusual alianza táctica, votaron juntos para elegir a Honorio Henríquez como presidente del Senado, infligiendo la primera derrota política a De la Espriella.

La votación, que fue pública, no fue un acto casual: el Pacto Histórico buscó demostrar unidad y coherencia en su disputa contra el neofascismo conservador, y al mismo tiempo, fracturar a la derecha. La jugada funcionó: la división entre el uribismo y la nueva derecha es ahora un hecho consumado.

La fractura tiene consecuencias concretas. El Centro Democrático, que representa al uribismo clásico, quedó sin ministerios en el gabinete de De la Espriella y sin representación en la mayoría de las mesas directivas de las comisiones del Congreso.

Esta marginación podría costarle caro al nuevo gobierno, porque el Centro Democrático sigue siendo una fuerza electoral y territorial que no se puede ignorar. En el Congreso, la correlación de fuerzas es compleja: los liberales, los conservadores, Cambio Radical y las fuerzas cristianas del parlamento se han alineado con el nuevo gobierno, lo que le daría a De la Espriella la mayoría necesaria para una avalancha de contrarreformas. Sin embargo, el presidente electo sabe que no puede confiar plenamente en ellos: su definición política no es ideológica, sino burocrática.

Un gobierno de drywall

Las derrotas de Abelardo se han acumulado en apenas dos semanas. No logró imponer a su candidato en la Presidencia del Senado. El Congreso impidió que la posesión se trasladara al Cauca. Y la ceremonia será en un escenario civil en Cali, no en una guarnición militar como pretendía.

A pesar de estas derrotas, De la Espriella logró configurar una fuerza mayoritaria que barrió las aspiraciones de bloquear el traslado del Congreso a la posesión en Cali, demostrando que, aunque fracturada, la derecha aún tiene capacidad de imponer su agenda cuando se alinea con los sectores tradicionales del Congreso.

Un gobierno de drywall

Las derrotas de Abelardo se han acumulado en apenas dos semanas. No logró imponer a su candidato en la Presidencia del Senado. El Congreso impidió que la posesión se trasladara al Cauca. Y la ceremonia será en un escenario civil en Cali, no en una guarnición militar como pretendía.

A pesar de estas derrotas, De la Espriella logró configurar una fuerza mayoritaria que barrió las aspiraciones de bloquear el traslado del Congreso a la posesión en Cali, demostrando que, aunque fracturada, la derecha aún tiene capacidad de imponer su agenda cuando se alinea con los sectores tradicionales del Congreso.

En medio de este escenario de disputas políticas, la construcción de una nueva sede presidencial en Barranquilla ha generado una ola de críticas que reflejan las contradicciones del nuevo gobierno. La obra, ubicada en el Batallón Paraíso dentro de una base militar, busca replicar elementos arquitectónicos de la Casa Blanca estadounidense, lo que ha sido calificado como una muestra de frivolidad y afán de romper con las tradiciones democráticas.

El exdirector de la Ungrd, Carlos Carrillo, fue contundente: “¡Esto es demasiado bananero! El afán de romper con las tradiciones democráticas de Abelardo de la Espriella pone en evidencia su muy peligrosa frivolidad. Se manda adecuar un batallón militar para que sea su palacete de utilería”.

La representante María Fernanda Carrascal cuestionó la obra como un desacierto institucional y advirtió: «Seremos el hazmerreír del mundo por cuatro años. Aquí la versión de la Casa Blanca en drywall para que el megalómano Abelardo teletrabaje desde Barranquilla».

La crítica más aguda se centra en el origen de los recursos. El gobernador del Atlántico, Eduardo Verano de la Rosa, confirmó que la inversión superará los 2.000 millones de pesos y que el proyecto se financia mediante una combinación de recursos oficiales y donaciones del sector privado. Empresarios como los hermanos Daes, de Tecnoglass, han donado la ventanería, las puertas de vidrio de seguridad y otros elementos.

El ministro de Trabajo, Antonio Sanguino, calificó la obra como un “remedio barranquillero de Casa Blanca en drywall” y recordó que la ciudad ya tenía su propia “casa blanca”: la del clan Char, señalada por compra de votos. Sondra Macollins, excandidata presidencial, sentenció que la construcción es la metáfora perfecta del proyecto de De la Espriella: “pura escenografía, mucho showman y cero argumentos”.

El presidente saliente Gustavo Petro también se ha referido al tema, señalando que “la política no es teatro barato sino la discusión pública de las cosas públicas”.

El próximo pulso

Parece una novela de tinte macondiano: armar una réplica de la Casa Blanca en Barranquilla para cambiar la Casa de Nariño por una construcción en drywall, con muchos intereses empresariales detrás. La nueva forma de gobernar Colombia es retroceder hasta antes de las repúblicas bananeras.

La sede presidencial en Barranquilla, el traslado de la posesión a Cali, el cierre de embajadas y la alineación con Washington no son gestos aislados: son parte de una estrategia de restauración conservadora que busca borrar el legado del Gobierno del cambio y devolver al país a un pasado de sumisión y privilegios para unos pocos.

El siguiente pulso político es la elección del contralor, un papel clave que, de llegar a perderlo el nuevo gobierno, lo dejaría definitivamente sin el control del Congreso.
5 de agosto de 2026
Con información del Semanario Voz

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