En lugar de abocarnos a una ciega e inocente defensa de la libertad de prensa, desde las izquierdas, las organizaciones barriales, colectivos, sindicatos, movimientos sociales y populares deberíamos plantearnos el interrogante de cómo vamos liberar la prensa de las garras ya no del «tigre», sino de unas cuantas familias y grupos económicos que la tienen monopolizada
Por: Daniel Pérez
Este mes de septiembre se ha movido bastante la cosa política en los grandes medios de comunicación colombianos. Muy temprano conocimos que Blu Radio, emisora de la familia Santodomingo (Valorem), dueña de las tiendas D1, Caracol Televisión, El Espectador, Cine Colombia, Refocosta, Ditransa, y con una considerable participación en Gases del Caribe, había decidido cerrar el espacio de Mañanas Blu 10 AM (10:30-13:00), dirigido por Camila Zuluaga e integrado por analistas del establecimiento como Ana Cristina Restrepo, Sebastián Nohra y Rodrigo Pombo. El Espectador, medio del mismo grupo, señaló que la decisión respondió a cuestiones financieras de la emisora.
Sin embargo, La Silla Vacía reportó que la cancelación obedeció más al descontento del nuevo gobierno con el programa de Zuluaga, debido a sus posturas críticas en campaña, así como al deseo de las directivas de congraciarse con la nueva administración.
Adicionalmente, señaló que la compañía no había reportado ningún riesgo económico hasta ese entonces, por el contrario, a cierre de 2025 era el único gran grupo mediático del país con números en verde. Ahora Blu Radio apostará por competirle de igual a igual a la franja de 6AMW de Julio Sánchez con la ampliación hasta el mediodía de Mañanas Blu, con el liderazgo del cuñado del expresidente Iván Duque, Néstor Morales.
Por su parte, RCN, canal de tv propiedad de la Organización Ardila Lülle, dueña de La Fm, el diario La República, Win Sports, Incauca, Providencia e Ingenio Risaralda, el equipo Atlético Nacional, Nutrium, Central Cervecera de Colombia, el concesionario Los Coches, y hasta hace poco de gaseosas Postobon, le terminó el contrató al caricaturista Vladdo.
Vladdo llevaba poco más de un año y tenía una sección en el noticiero llamada Trazos de Poder. Aunque el canal se reservó las razones administrativas, todo apunta a que sus caricaturas críticas al actual gobierno fueron el principal motivo. En sus últimas piezas denunció la grotesca escena del presidente caminando entre bolsas blancas con cuerpos humanos y la Operación Azarías, la cual conmocionó al país luego de conocerse que las Fuerzas Militares habrían asesinado tres menores de edad en El Retorno, Guaviare.
Lo duro que muerde el tigre
Los mordiscos del tigre no se han limitado a la oposición o aquellos sectores que desde el abelardismo han graduado como enemigos de su denominada “batalla cultural”, otros grupos afines como la derecha uribista, los gremios (Cámara Colombiana de Infraestructura), y ahora los medios corporativos los han padecido, unos pudiendo lidiar con ellos con más éxito que otros.
Estos choques o tensiones develan dos cosas: primero, el quiebre y recomposición que está ocurriendo al interior del bloque de poder, y cuya manifestación más concreta se dio con la elección del colombo estadounidense Abelardo de la Espriella; segundo, que la deriva autoritaria de la “patria milagro”, que muchos preveíamos en campaña, agarra fuerza vertiginosamente.
Más allá de la crisis de financiamiento que viven los medios tradicionales actualmente, producto de la migración de la pauta publicitaria a plataformas como Google o Meta, estas reestructuraciones son una clara muestra de que en la “patria” de Abelardo será un milagro tener diferencias o plantear posiciones opuestas al gobierno desde los altavoces de la gran prensa capitalista, aun cuando las profesen opinadores o periodistas con posturas neoliberales, conservadoras o liberales, que para nada amenazan el régimen de acumulación.
¿Libertad de prensa para quién?
Lo más instintivo, entonces, sería salir a rechazar estas afrentas contra la libertad de prensa y abanderarse de esta noble causa ante el peligro que representa nuestra ultraderecha criolla. No obstante, vale la pena poner en cuestión qué entendemos como libertad de prensa antes de abanderarnos de una herramienta que ha sido empleada mayoritariamente en contra de los intereses populares y revolucionarios.
Basta recordar como los medios corporativos se valieron de ella para esgrimir toda clase de difamaciones, mentiras y calumnias contra las reformas sociales, el programa de gobierno “Colombia: potencia mundial de la vida” y el gabinete del Gobierno del Cambio.
Y es que, qué libertad de prensa puede existir en un país en el que siete grupos económicos concentran gran parte de la audiencia y propiedad de los medios impresos, televisivos y radiales: Casa Editorial El Tiempo, de Luis Carlos Sarmiento Angulo; Publicaciones Semana, de la familia Gillinski; la ya reseñada Valorem, Grupo Prisa, del empresario francés Joseph Oughourlian; la Organización Radial Olímpica, de los Char; Organización Ardila Lülle, y el Grupo Nacional de Medios (GNM), que integra a los medios regionales propiedad de familias tradicionales como los Galvis de Santander, los Gómez & Hernández de Antioquia y más recientemente a los Gillinski con la compra de El País de Cali.
O qué libertad de prensa puede existir en un país donde hay 353 municipios que no tienen ni un solo medio que registre lo que ocurre día a día en sus territorios, y en donde apenas 151 municipios (15% del país) cuentan con un “universo de comunicación suficiente”, según el informe cartografías de la información de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP). Ante una realidad como esta, la libertad de prensa no es una condición general sino particular, y reservada a una estrechísima minoría poseedora del gran capital.
Lenin ya nos advertía hace más de un siglo en su Informe para la 1° Internacional Comunista que “los capitalistas llaman libertad de imprenta a la libertad de soborno de la prensa por los ricos, a la libertad de utilizar la riqueza para fabricar y falsear la llamada opinión pública (…) resultan ser embusteros que engañan al pueblo y que con frases bonitas, bellas y falsas hasta la médula distraen de la tarea histórica concreta de liberar a la prensa de su sojuzgamiento por el capital”.
Es así como, en lugar de abocarnos a una ciega e inocente defensa de la libertad de prensa, desde las izquierdas, las organizaciones barriales, colectivos, sindicatos, movimientos sociales y populares deberíamos plantearnos el interrogante de cómo vamos a asumir esa tarea histórica concreta de liberar la prensa colombiana de las garras ya no del tigre, sino de unas cuantas familias y grupos económicos.
En momentos oscuros como los que se avecinan, resulta necesario impulsar la integración y colaboración entre las trincheras mediáticas críticas ya existentes, fortalecer las capacidades de producción audiovisual y trabajar de manera unitaria y decidida en la consolidación de apuestas comunicativas cada vez más centralizadas, que logren estar a la altura del momento histórico.
Es decir, que realmente nos disputemos el sentido común de los colombianos desde todos los formatos (impreso, radial, televisivo, digital) y que no solo nos dediquemos a responderle al nuevo gobierno, que eduquemos a las masas a nivel político, cultural e ideológico y que organicemos la inconformidad popular que se extenderá ampliamente conforme este proyecto siga desarrollando su programa político.
Foto redes de ADLE
24 de septiembre de 2026
Con información del Semanario Voz