El liderazgo de las mujeres ha sido clave en la atención de la emergencia humanitaria por cuenta del terremoto. Foto Gobernación del Chocó
Después de cada catástrofe en Colombia hay una misma escena que rara vez sale en los titulares: mujeres que, todavía con el polvo de los escombros encima, organizan ollas comunitarias, buscan niños perdidos y sostienen lo poco que quedó en pie.
Por: Flora Zapata
El terremoto de agosto de 2026 vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que la historia colombiana ya había planteado antes: ¿Qué le pasa a una mujer cuando el suelo se abre bajo sus pies y por qué termina siendo, casi siempre, quien lo vuelve a cerrar?
Voces desde el territorio
En Quibdó, Jekssy Mary Perea describe cómo la emergencia recarga el cuidado sobre mujeres y niñas y las expone a la violencia de género, aunque destaca la solidaridad vecinal: cuadras enteras organizadas en ollas comunitarias y cuadrillas que reparan techos. Su mayor urgencia es la salud mental: pide una “unidad de escucha” y acompañamiento psicosocial, hoy sostenido casi solo por voluntariado.
Desde Pereira, María Paula Torres llama a leer la tragedia en clave interseccional, pues la afectación no es igual para todas y depende de las posibilidades económicas, los materiales de vivienda y los territorios habitados.
Señala que organizaciones de mujeres como la Casa de la Mujer de Pereira activaron protocolos previos para centralizar ayuda en salud menstrual y cuidado infantil, justo cuando supermercados locales reportan desabastecimiento de fórmula láctea, pañales y crema para bebés. Asimismo, alerta sobre denuncias del ICBF por riesgos de trata y pérdida de niños en medio de la contingencia.
Camila Reyes, también de Pereira, es más directa: niñas y mujeres enfrentan peligro constante de abuso sexual por la falta de hogar y supervisión, así como una vulnerabilidad particular la lactancia y el posparto. Destaca la capacidad organizativa femenina —ollas comunitarias, primeros auxilios, rescate y extracción de escombros— y pide comités de género en los albergues y kits masivos de cuidado menstrual.
Salud sexual y reproductiva
Desde Manizales, Sofía Tamayo amplía la mirada a la salud sexual y reproductiva: el terremoto afectó instalaciones de Profamilia, dejando en riesgo servicios que no pueden detenerse, mientras mujeres embarazadas y lactantes quedan sin medicamentos.
Destaca al colectivo Roja Revolución, que lleva kits menstruales a asentamientos invisibilizados, y advierte que la solidaridad comunitaria “no puede equipararse a la respuesta institucional”. Suma una lectura de clase: en Manizales, el estrato alto de Milán recibió respuesta rápida; las veredas rurales, mucho menos.
También desde Manizales, Daniela Mejía señala la exposición al peligro en calles y espacios abiertos y la sobrecarga de cuidado que no da tregua, junto a la fuerza de las ollas comunitarias. Pone el foco en algo que pasa desapercibido: la exclusión de mujeres de labores de búsqueda, rescate y escombros, aún leídas como “de hombres”.
Para ella, ayudar implica sostener las redes que las mujeres ya construyeron, porque la reconstrucción real llega después, cuando las ayudas mengüen y el Estado se ausente otra vez.
La mirada académica
La explicación no está en una supuesta “fragilidad” femenina, sino en desigualdades estructurales previas al desastre. Los roles de cuidado asignados culturalmente a las mujeres se convierten, en la emergencia, en barreras de acceso a ayuda humanitaria, al empleo temporal o a una vivienda segura, mientras las obligan a asumir cargas de trabajo invisible que rara vez se cuantifican.
A esto se suma la “vulnerabilidad acumulada”: mujeres rurales, afro e indígenas suelen llegar ya afectadas por brechas económicas previas, lo que multiplica el impacto. Por eso los organismos humanitarios insisten en incorporar el enfoque de género desde el primer día de la respuesta, y no como un capítulo aparte.
Colombia cuenta con la Línea 155 para orientación y atención psicológica en casos de violencia de género, un recurso clave en el actual escenario de reconstrucción.
Lo que ellas vuelven a enseñarle al país
La respuesta vuelve a aparecer en las calles de Quibdó, Pereira o Manizales que hoy amanecen entre escombros: la tierra se abre bajo los pies de todos por igual, pero son las mujeres quienes, entre la pérdida y la incertidumbre, vuelven a coser lo que la naturaleza deshizo.
No porque estén mejor preparadas para el dolor, sino porque décadas de desigualdad les asignaron ese papel de sostén silencioso. Reconocerlo y traducirlo en políticas que las incluyan como sujetos activos y no solo como víctimas es la deuda que Colombia sigue arrastrando de tragedia en tragedia.
31 de agosto de 2026
Con información del Semanario Voz