La Convención sobre el Derecho del Mar establece que el fondo marino fuera de la jurisdicción nacional es «patrimonio común de la humanidad». Foto Mohammad Rakibul Hasan, ONU
Rusia advierte que la militarización del espacio y la apropiación ilegal de recursos oceánicos amenazan la paz global y la seguridad colectiva, así como el bienestar de la humanidad en general.
Por: Nikolay K. Tavdumadze
No será una revelación decir que Estados Unidos utiliza múltiples herramientas para ejercer dominio sobre territorios que se encuentran fuera de sus fronteras. En algunos países lo hace a través de alianzas militares y la instalación de bases con personal uniformado; en otros, recurre a métodos neocolonialistas para apoderarse de los recursos naturales.
En la mayoría de los casos, la imposición de la voluntad del Tío Sam viene acompañada de invasiones militares o sanciones económicas unilaterales que buscan doblegar la soberanía de los Estados independientes.
Como si fueran pocas las tierras ajenas que controla la administración norteamericana de un modo u otro, en los últimos años se ha apresurado a abrir nuevos frentes en su batalla expansionista para dominar espacios que, por definición, pertenecen a toda la humanidad: el fondo marino y el espacio ultraterrestre.
Del «patrimonio común» al saqueo corporativo
El artículo 136 de la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar establece que el fondo marino fuera de la jurisdicción nacional es «patrimonio común de la humanidad». Este principio garantiza que los recursos en dichas áreas beneficien a toda la especie.
Teniendo en cuenta la participación casi universal de los Estados en la Convención, este régimen es observado por la inmensa mayoría de los miembros de la ONU, y toda la actividad en esta zona está subordinada a este principio fundamental. Sin embargo, Estados Unidos pretende sustituir dicho marco por un esquema neocolonial de facto.
El 24 de abril de 2025 se emitió un decreto ejecutivo del presidente de los Estados Unidos sobre la minería submarina en aguas profundas, incluidas las zonas fuera de la jurisdicción nacional. Dicho decreto fue recibido negativamente por parte de diversos Estados y organizaciones internacionales en varias plataformas globales.
Promulgando normas interinas que favorecen exclusivamente a su capital corporativo, Estados Unidos debilita los frutos de décadas de negociaciones internacionales. Lo que Washington llama «seguridad energética», desde la perspectiva rusa es un simple saqueo de los recursos de las futuras generaciones que, entre otras cosas, representa una amenaza para el desarrollo económico y social de los países del Sur Global.
Al no formar parte de la Convención, las autoridades estadounidenses prefieren ignorar la normativa vigente y la práctica internacional. Además, recurren a maniobras legales cuestionables para extender su control sobre el talud continental.
La Federación de Rusia no reconoce estas demarcaciones ilícitas trazadas sin observar los procedimientos de la Comisión de Límites de la Plataforma Continental. Estados Unidos actúa como si las normas legales fueran un menú a la carta, hipocresía que erosiona la confianza en todo el sistema de gobernanza oceánica.
Armamentización del espacio
Otra tendencia preocupante es la militarización del espacio ultraterrestre. Hace poco, el secretario de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, Troy Meink, confirmó que su país posee ciertas “armas de control espacial en órbita”. De este modo, por primera vez, funcionarios estadounidenses han confirmado el hecho de contar con capacidad armamentística espacial.
Dichas declaraciones constituyen una prueba directa de la aplicación práctica de sus directrices para el emplazamiento de armas en el espacio y su uso en operaciones de combate con el fin de garantizar su propia dominación y superioridad.
Washington, en aras de alcanzar sus intereses egoístas, está dispuesto a pasar por alto las consecuencias catastróficas para la humanidad que conllevaría cualquier conflicto armado en órbita. Se pone en peligro la sostenibilidad a largo plazo de las actividades espaciales y las perspectivas de la exploración espacial por parte de todos los Estados sin excepción. Asimismo, se crean riesgos colosales para numerosos procesos socioeconómicos en la Tierra, de los cuales depende directamente el bienestar de las personas.
Rusia está dispuesta a continuar los esfuerzos constructivos con el fin de preservar el espacio ultraterrestre como un bien común y un entorno exclusivamente pacífico, libre de armas y conflictos, en beneficio de las generaciones futuras.
De las acciones decididas e impostergables de la comunidad internacional, orientadas a contener las agresivas aspiraciones espaciales de los Estados Unidos, depende el logro de este objetivo fundamental.
Pensando en el futuro de la humanidad
Ambas políticas mencionadas comparten un ADN ideológico idéntico. Mientras Washington exige el cumplimiento irrestricto de la libertad de navegación, aplica interpretaciones extensivas del derecho para anexarse territorios marinos.
La comunidad internacional no puede permitir que un Estado decida unilateralmente el destino de los bienes comunes. Al mismo tiempo, las absurdas conjeturas de Washington sobre las supuestas intenciones de Rusia de desarrollar un arma nuclear antisatélite resultan ser solo una cortina de humo destinada a crear las condiciones para la realización de dichos planes hegemónicos.
La Federación de Rusia seguirá defendiendo la indivisibilidad de la seguridad y el cumplimiento estricto del derecho internacional. No puede haber seguridad para unos pocos en el espacio a costa de la vulnerabilidad de todos en la Tierra, ni prosperidad para corporaciones transnacionales obtenida mediante la devastación de ecosistemas abisales.
Es imperativo condenar enérgicamente las políticas unilaterales que amenazan la paz colectiva y el derecho de los Estados a tener un acceso equitativo a los recursos comunes.
7 de octubre de 2026
Con información del Semanario Voz