Por: Jefferson Orlando Corredor Uyabán
Que un proyecto de corte fascista alcance la Presidencia no es un episodio más dentro de la normalidad democrática: es un punto de quiebre. Significa que lo que durante años se agitó desde los márgenes —el desprecio por las instituciones, el culto a la fuerza, la promesa de orden a cualquier precio— llega hoy al poder con nombre propio. La primera tarea es entender qué está en juego.
Conviene nombrar las cosas. El fascismo no es un insulto ni una metáfora cómoda; es un fenómeno con perfil reconocible. El caudillo providencial que se presenta como outsider y desprecia a los partidos; el culto a la “mano dura” y a la fuerza; la promesa de megacárceles al estilo de Bukele y la declaratoria de colombianos como “objetivos militares”; la exaltación de la “pacificación” paramilitar; el cierre de la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, y el entierro de los diálogos; la cruzada contra el feminismo, las diversidades y los derechos de las mujeres en nombre de la “familia tradicional”; el integrismo religioso que amenaza la educación laica; el fracking y la entrega del agua y los territorios a las petroleras; copiar la motosierra de Milei contra lo público y el alineamiento entusiasta con Trump en su política de Escudo de las Américas.
Cada pieza, por separado, ya la conocíamos. Juntas, y en el poder, conforman una amenaza de otro orden.
Ningún pueblo tiene más razones que el colombiano para tomarse en serio esta advertencia. Sabemos lo que significa. Lo sabemos los comunistas, que hemos enterrado a los nuestros durante décadas en un genocidio político extendido, continuo, sistemático y premeditado. Lo saben las miles de familias de líderes sociales asesinados, los sindicalistas y los reclamantes de tierras. El fascismo aquí no es una hipótesis importada: tiene apellidos y larga impunidad en la historia colombiana.
Pero la mitad que no se rindió también habla. Casi la mitad del país respaldó y se la jugó por el proyecto de la vida, pese a la maquinaria del miedo, el dinero y la mentira digital. Esa votación no es una derrota: es la base social más amplia que la izquierda y el campo democrático hayan reunido en décadas para resistir. Ahí está la tarea.
La desobediencia civil no es un lamento ni un gesto testimonial. No consiste solo en resistir, sino en organizar, educar, movilizar y construir. Porque la democracia no se conserva por inercia. Se defiende todos los días, desde los territorios, las organizaciones sociales, los sindicatos, las universidades y las comunidades. Esa es la tarea histórica de quienes creemos que las diferencias políticas jamás deben resolverse con odio, persecución o violencia.
La historia nos enseña que el fascismo avanza cuando encuentra silencio y divisiones, y retrocede cuando existe un pueblo despierto y en movilización. Colombia no está condenada. Está convocada. La consigna es concreta: desobediencia civil o barbarie. Y frente a la barbarie, la única respuesta es la unidad.
8 de julio de 2026
Con información del Semanario Voz