Fidel Castro Rus. Foto Ismael Francisco, Cubadebate

Memorias del poeta nacional sobre su primer encuentro con el máximo líder de la Revolución cubana

Por: José Luis Díaz-Granados

No es casual que la parábola vital y revolucionaria de Fidel Castro haya ocurrido entre dos milenios.

Comienza su epopeya finalizando la década de los 40. Construye el primer pilar de su gloria en 1953; desembarca en el yate Granma con sus heroicos compañeros cuatro años más tarde; triunfa sobre la tiranía batistiana en 1959; derrota la flotilla mercenaria en Playa Girón en 1961.

Conduce y edifica la Revolución Cubana en los sesenta, setenta, ochenta, noventa y, bloqueado y amenazado de muerte durante todos esos años por el más poderoso imperio jamás visto, lo desafía, lo reta y lo enfrenta, aún sin el apoyo de la superpotencia soviética que se derrumbó en 1991, y sigue adelante liderando su proyecto, resistiendo al frente de su pueblo y rompiendo el muro del tiempo para penetrar indemne en el siglo XXI.

Ser humano excepcional

Fidel habla y cada palabra suya se consigna en libros, medios de comunicación y memorias, y la humanidad anota con asombro que es el único líder mundial que tiene ascendiente político en los pueblos de Asia, África y América Latina.

Este hombre entre dos siglos, entre dos milenios, tiene algo extraterrenal, rasgos de chamán hispano y precolombino, que le confieren una poderosa fuerza interior, insospechada, que hace que, por ejemplo, entre una multitud heterogénea y ferviente alrededor del Lincoln Memorial en Washington, en 1960, sólo a él se le pose una paloma blanca sobre el hombro izquierdo.

Hubiera querido conocerlo en 1959 cuando mis 13 años se estremecieron, bajo el luminoso influjo de mi padre, con su ascenso al poder revolucionario de Cuba.

Acaricié ese sueño durante mucho tiempo, pero una y otra vez se desvanecía ante realidades de mi vida cotidiana. En 1992, después de haber presidido la delegación colombiana a un encuentro de solidaridad con Cuba, al momento de dirigirme al Aeropuerto José Martí para tomar el avión de regreso a Bogotá, me informaron que Fidel acababa de llegar al lugar del evento para saludar a los delegados.

No pude en esa ocasión estrecharle la mano al Comandante, pero lo haría más tarde.

En primera fila

Por fin el sueño se realizó en Bogotá, el 8 de agosto de 1994, después de haber asistido el líder cubano a la ceremonia de posesión del presidente de Colombia Ernesto Samper Pizano.

Los integrantes de los diferentes comités de solidaridad con Cuba organizamos un acto masivo en el Salón Rojo del Hotel Tequendama, que se inició a las diez de la mañana del citado día.

En la primera fila –junto a Gladys Siabato Fernández, mi compañera, mi hijo Federico, el poeta Armando Orozco Tovar y cerca de un millar de amigos y simpatizantes de la Revolución Cubana–, adiviné tras las luces de los reflectores que fulguraban a un costado de la mesa de honor, el rostro carismático y la figura esplendente de Fidel Castro Ruz.

Fidel levantó el brazo y saludó a la multitud fervorosa apiñada en aquel recinto legendario, testigo mudo de diversos actos y sucesos históricos de nuestro país. Dos o tres minutos después escuché que el Embajador anunciaba mi nombre. Me situé justo frente al Comandante y leí el discurso de bienvenida que había preparado la noche anterior.

El mejor español del mundo

Le recuerdo que de Colombia, país donde es hoy el huésped más ilustre, partieron hace un siglo decenas de compatriotas a acompañar a Antonio Maceo en su hazaña de libertar a Cuba del imperio español; hago alusión a la solidaridad de los colombianos y de los habitantes del Tercer Mundo, como legiones jubilosas y crecientes, que en mil formas materializan día a día su comunión con la Revolución cubana y reafirmo nuestra fe en la eternidad de su proyecto, recordando unos versos de Neruda (Cuando dije el mágico nombre, Fidel levantó las cejas en actitud de admiración y asombro), que dicen: “y si cayera Cuba caeríamos / y vendríamos para levantarla, / y si florece con todas sus flores / florecerá con nuestra propia savia”.

En medio de los aplausos me acerqué a la mesa. El Comandante se puso de pie y con cálida cordialidad me estrechó la mano. Solo atiné a decirle: “Hace 25 años esperaba este momento”. Fidel entrecerró los ojos, hizo una ligera venia al tiempo que sonreía y luego me siguió con la mirada hasta que ocupé de nuevo mi puesto.

Otros oradores fueron el senador conservador Roberto Gerlein Echeverría, el escritor Arturo Alape, la dirigente comunista Magnolia Agudelo y algunos líderes sindicales.

Minutos más tarde, durante la brillante intervención del Comandante en Jefe –en la cual recordó su estancia en Bogotá cuando ocurrieron los trágicos sucesos del 9 de abril de 1948, derivados del magnicidio del líder popular Jorge Eliécer Gaitán–, me sentí muy halagado cuando dijo que escuchando a quienes lo habían antecedido en la palabra fue reafirmando su convicción de que en Colombia se hablaba y se escribía el mejor español del mundo.
Con información del Semanario Voz

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