Reunión privada del presidente Donald Trump con los mandatarios de Francia y Ucrania. Foto White House

El foro conformado por las economías más industrializadas del mundo insiste en aprovechar la crisis y para extender la influencia y reproducción del capital, reinstalando la neocolonización financiera como forma de contrarrestar los efectos de sus competidores en el orden mundial

Por: Pietro Lora Alarcón

El mes de junio que concluye estuvo marcado por dinámicas geopolíticas y geoeconómicas globales de significativo impacto para los pueblos.

Mientras China aumentó su superávit comercial y Brasil ejecuta un acuerdo financiero con el gigante asiático, utilizando exclusivamente el yuan para buscar desdolarizar parte de su economía, la oligarquía depredadora imperial hizo lo suyo, reuniéndose en Evian-les-Bains, Francia, en el denominado Grupo de los Siete – G7-, evento que concluyó el 17 de junio.

El tecno-fascismo

Es verdad que del G7 no se espera nada que contribuya a solucionar los problemas que castigan a poblaciones enteras del planeta. Ciertamente, el grupo que se formó en 1975 juntando los intereses expansionistas imperiales de Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia, que luego incorporó a Canadá y tiene además hoy una representación permanente de la Unión Europea en su calidad de bloque político-financiero supranacional, es un actor histórico nefasto.

Pero para la perspectiva progresista y revolucionaria es importante no perderles la pista, analizando los hilos que tejen para continuar sometiendo países y saqueando recursos.

De manera general, en las resoluciones de la reunión, el G7 muestra su desprecio por la paz y la democracia, convocando una alianza internacional de corte autoritario, fundada en el poder de las grandes corporaciones que dominan avanzadas tecnologías.

Se trata de la aplicación del denominado tecno-fascismo para la reconfiguración del planeta, sobre la base del dominio de la información, la vigilancia y la letalidad de las fuerzas armadas y de policía para mantener el orden público.

Por esa vía, la economía, la tecnología y el Estado reconfigurado se proyectan a múltiples formas de violencia, en algunos casos extrema, al paso que los derechos se conceden selectivamente a determinados grupos sociales, de conformidad con su adhesión a proyectos arbitrarios encarnados por oligarquías y mafias locales.

China y Rusia, dos preocupaciones

Hace un tiempo que el radar del G7 monitora no solo a China, sino el accionar de Rusia, que participaba desde 1998 como un octavo miembro y fue excluida en 2014 por su contención político-militar a la expansión de la OTAN. En esencia, preocupa la presencia propositiva en los BRICS y la capacidad de acción en Ucrania.

Intentar aislar a las dos potencias de ese tamaño implica realizar movimientos precisos: primero, dejando la puerta entreabierta a otros “amigos” para que, aunque no opinen en las decisiones, sean tenidos en cuenta atribuyéndoseles responsabilidades.

En esta oportunidad, fueron invitados India, Brasil, Kenya y Corea del Sur. Y luego, ampliando la influencia en grupos como el G20, del cual participan México, Argentina, el propio Brasil y países africanos.

Así, invitando y ofreciendo recursos financieros puntuales, presionando comercialmente, y entre tarifas y amenazas de sanciones para atraer por la fuerza, el G7 sigue su papel de “pequeño comité imperial”, un círculo restricto donde los intereses se encuentran cara a cara y se definen las lógicas macroeconómicas de sometimiento.

Las contradicciones internas

Sin embargo, internamente no todo es consenso. Un buen debate se originó por las propuestas de ajuste fiscal, rediscutidas en la Conferencia de Tokio, en marzo de este año, y que hacen parte de la Plataforma de Colaboración Tributaria, PCT.

El problema es que desde 2025, por presiones de los Estados Unidos, en un triunfo de la política de Trump, las empresas multinacionales y grandes corporaciones estadounidenses no pagan el “impuesto mínimo global” del 15%, al cual todas están obligadas por el acuerdo de la OCDE del 2021, sino que solamente son gravadas en su país de origen, aun cuando reciban ganancias desde el exterior.

Los demás miembros del G7 no digieren todavía la medida impositiva y el texto de la primera resolución de la reunión de junio contempla un “compromiso aceptable de movilizar recursos para conversiones” con la finalidad de disminuir el impacto del favorecimiento exclusivo a los Estados Unidos.

Además, aunque los miembros no lo mencionaron abiertamente, el cobro de Trump a la “falta de compromiso del G7 en Irán” fue respondido con sutileza, indicando que su gobierno propició, en pleno año electoral, que los Estados Unidos estuvieran ante la peor derrota después de Vietnam.

El G7 y los pueblos del mundo

Para África, Asia, América Latina y Caribe, los más recientes cierres de hospitales, centros educacionales y programas de desarrollo y renta para poder pagar deudas contraídas con el FMI y el Banco Mundial, agravan la situación.

El G7 no cumplió con el Marco Común para el Tratamiento de la Deuda, que el mismo había propuesto en los G20 realizados en medio de la pandemia, en Roma y Bali. La verdad es que los financiadores privados retiraron sus apoyos a las economías, que consideraron sobreendeudadas o de alto riesgo, por la propia crisis sanitaria. El documento del G7 apenas mencionó que la crisis “limitó el margen fiscal para intervenciones esenciales en el sector público”.

La declaración final de la reunión propone fortalecer el “Enfoque de Tres Pilares”, debatido en la ONU al final de 2025 y de los resultados de la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo de Sevilla.

La idea es intervenir en los países con reformas financieras para sanear las cuentas públicas, reformas estructurales modificando las reglas de regulación del mercado y movilizando de recursos con líneas de crédito a través del PGII – la Alianza sobre Infraestructura e Inversión Globales – y los denominados “corredores de desarrollo”.

Neocolonización financiera

Es decir, el G7 insiste en aprovechar la crisis y el desespero para extender la influencia y reproducción del capital, reinstalando la neocolonización financiera como forma de contrarrestar los efectos de sus competidores en el orden mundial.

La fórmula, vieja y desgastada, es la inversión privada, la financiación mixta y los préstamos internacionales, solo que ahora acompañada de reforzar el dominio político y la vigilancia tecnológica en sociedades manipuladas por el control de la información.

Tecno-fascismo y profundización del dominio imperial son las cartas del G7 a las que los pueblos habrán de responder con movilización constante y unificada, en una agenda de luchas de resistencia y alternativas, necesaria y posible, que condense las esperanzas de paz y justicia para todos los pueblos del mundo.
3 de julio de 2026
Con información del Semanario Voz

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