Gustavo Petro denuncia fraude electoral en los pasados comicios del 21 de junio. Foto Presidencia
El mandatario se despide de la presidencia con la frente en alto. El país que entrega tiene menos hambre y pobreza porque la acción de Gobierno fue la justicia social. En el primer mandato nacional de la izquierda progresista, la prioridad fue tierra, trabajo, pan, salud, educación, naturaleza, independencia, democracia y libertad
Por: Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos
Hasta el último día de su mandato, el presidente Gustavo Petro fue polémico. A pocos días del cambio de mando y desde la Casa de Nariño, el mandatario de izquierda se reafirmó en su denuncia de fraude electoral: “El que ganó fue Iván Cepeda. El presidente que se posesiona el 7 de agosto es ilegítimo”, dijo ante las cámaras.
Un outfit exótico lo acompañó en la rueda de prensa: poncho rojo con el dibujo de un poderoso indígena, acompañado de un jaguar y los colores nacionales.
Sustentó su acusación a partir del trabajo hecho por los testigos digitales, quienes encontraron un patrón de manipulación del software que usa la Registraduría. En más de 1350 mesas estarían comprometidos casi 230 000 votos que fueron extrañamente endosados al ganador.
No obstante, Petro entregará el poder Ejecutivo el 7 de agosto de 2026. Con esa acción se cae otra mentira que por años han repetido los enemigos políticos del mandatario.
Sus seguidores, que no son pocos y en su gran mayoría de extracción popular, anuncian fiestas y movilizaciones en lo que han llamado la “Petro-tusa”. Por otro lado, sus iracundos adversarios, que tampoco son pocos, se frotan las manos porque recuperan la conducción del Gobierno, que por cuatro años no fue de ellos, sino del pueblo.
Las mariposas amarillas
Quienes conocen al presidente saben la importancia que tiene el escritor Gabriel García Márquez en su vida. De hecho, en su biografía y en varias entrevistas ha manifestado su frustración de nunca haberlo conocido, pero también de su notable influencia a la hora de convertirse en un revolucionario. Las coincidencias de ser costeños, migrar al interior y estudiar secundaria en el mismo colegio de Zipaquirá, moldearon una influencia innegable.
Por eso no es gratuito que, en su militancia juvenil en el M-19, Petro eligiera el nombre de guerra de “Aureliano”, en homenaje al coronel revolucionario de Cien años de soledad que lideró 32 levantamientos armados y sobrevivió a múltiples atentados, pero que en su intimidad se aisló en la soledad de la orfebrería y el desamor.
Tampoco es coincidencia que, en la Casa de Nariño habitada por Petro, un salón entero se equipara con mariposas amarillas y una exposición en homenaje al Nobel de Literatura. Aunque se desconoce el futuro que tendrá ese pequeño rincón, miles de personas pudieron verlo con sus propios ojos: por 1.460 días, la sede principal del Gobierno estuvo abierta al público.
“Llegó el momento de ponerle final a cien años de soledad. Los Aurelianos se van y sigue la fiesta, porque ahora el pueblo convoca a una gran fiesta, la fiesta de la democracia y la libertad”, manifestó en alguna oportunidad desde una movilización popular en Pasto. Durante su presidencia, el realismo mágico de Gabo fue una referencia permanente.
Amante de los símbolos
Pero Petro tiene otras obsesiones. Como oficial de Bolívar –identificación de quienes militaban en el Eme–, firmó la paz, aportó a la construcción de la Constitución de 1991 y dedicó su vida a la política democrática.
En la ceremonia de cambio de mando del 7 de agosto de 2022, que estuvo acompañada por una gigantesca movilización popular, convirtió en protagonista a la espada del Libertador. El arma independentista se exhibió en el palacio presidencial durante todo su mandato; hoy reposa en el Museo Quinta de Bolívar en Bogotá.
Indudablemente, Petro es un amante de los símbolos. En medio de la confrontación con el presidente estadounidense Donald Trump por las inhumanas deportaciones de connacionales, reivindicó la bandera bolivariana de la Guerra a Muerte. También, en la COP 16 de Cali, convirtió al jaguar en un emblema latinoamericano de la lucha contra la catástrofe climática.
En la última etapa, exhibe con orgullo una pulsera con la última letra del arameo antiguo. Evoca que fue San Francisco de Asís quien recuperó esa alegoría y que el papa Francisco puso en práctica las coordenadas de una ruta sencilla pero poderosa: por el bien de la humanidad, primero los pobres.
“Los últimos serán los primeros”, es la frase con la que Petro resume la verdadera brújula de su Gobierno. Sin embargo, sus opositores identifican esa filosofía de vida como un vil y barato “populismo”.
El cambio

Entrega en Córdoba de 50 000 hectáreas para la reforma agraria. Foto Presidencia
Como en Colombia nunca había gobernado un proyecto de izquierda, las expectativas al inicio del mandato popular eran altas. En el imaginario colectivo estaban las experiencias del vecindario que por décadas fueron estigmatizadas. La firma de un Acuerdo de Paz, dos estallidos sociales y una pandemia eran la antesala del prometido cambio.
Si se tiene en cuenta un contexto internacional adverso y la situación política interna de asedio permanente por parte del Establecimiento en contra de la izquierda, el balance resulta ser más que interesante. Sonará a cliché, pero el Gobierno del presidente Petro rompió paradigmas económicos, políticos, sociales y culturales.
Un ejemplo fue demostrar con hechos que subir dignamente el salario mínimo no produce inflación, ni ocasiona destrucción de empresas y pérdida de puestos de trabajo. Por el contrario, una reforma laboral para recuperar derechos del pueblo trabajador y una fuerte política de empleo fueron los caminos para lograr justicia social, crecimiento económico, así como reducción de la pobreza y la desigualdad.
Otro caso fue la aceleración de la reforma agraria. Esta política, que ha cambiado la vida de la gente que habita la ruralidad y que responde a una deuda histórica, no hubiese sido posible sin el compromiso del Gobierno por devolverle la tierra a quien la trabaja.
Las cifras son incontrovertibles. Más de dos millones de hectáreas formalizadas, casi 800 000 hectáreas compradas y en proceso de titulación, una inversión de 22 billones de pesos en el sector, siete millones de toneladas de alimentos exportadas y el aseguramiento de la soberanía alimentaria para el mercado interno, son algunos elementos que dejan en evidencia un salto cualitativo en la política agraria. “Acelerar escrituración de tierras y proteger a los campesinos”, fue la orientación prioritaria del presidente para el final de su Gobierno.
La educación fue otro sector que transformó la vida de la gente. La vieja consigna de “más dinero para la educación que para hacer la guerra”, se hizo política pública: 88 billones de presupuesto, 954 000 estudiantes beneficiados de la gratuidad y la entrega de nuevas infraestructuras para educación básica y superior, entre otros balances, dejan tranquilo al Gobierno porque le cumplió a todos los actores del circuito educativo, especialmente a la juventud.
Estos cambios también se concretaron en otros sectores: tres millones de adultos mayores con bono pensional, 100 000 beneficiarios de la política Jóvenes en Paz, aceleración de la transición energética, el regreso del tren, avances en sustitución de cultivos de uso ilícito y la consolidación del turismo como un renglón económico más importante que la economía extractiva, entre muchos más logros, fueron socializados por el Gobierno del cambio en el “empalme con el pueblo” bajo una consigna particular: ¡Con dignidad, cumplimos!
Líder mundial

Cierre del programa Jóvenes en Paz en Quibdó, Chocó. Foto Presidencia
Ese es el gobierno que deja Petro. Una experiencia que fue atacada todos los días, durante cuatro años y sin descanso, desde distintos flancos por un Establecimiento poderoso que mostró todas sus costuras.
Pero el mandatario no solo tiene enemigos en el ámbito doméstico. Su inesperado liderazgo en la geopolítica ha levantado ampollas para los poderosos intereses que existen en un mundo subsumido en las guerras y la competencia económica.
El cambio en la agenda de Colombia fue notable, si se considera que tradicionalmente la política exterior estaba alineada claramente con lo que dictaran los Estados Unidos. Petro, en contraste, reivindicó a un país latinoamericanista, hermanado con el Sur Global y periférico a la hora de establecer prioridades internacionales.
Sin lugar a dudas, la incomodidad del imperialismo derivó de dos frentes de batalla: el futuro de la humanidad frente al cambio climático y la denuncia del genocidio orquestado por la entidad sionista en contra del pueblo palestino. Petro utilizó las tribunas multilaterales para posicionar esas luchas y reubicó al país en el concierto internacional.
“No hay raza superior. No hay pueblo elegido de Dios. No lo es Estados Unidos ni Israel. El pueblo elegido de Dios es la humanidad entera”, dijo sin miedo en la Asamblea General de las Naciones Unidas de 2025, mientras caían las bombas sobre la Franja de Gaza.
En esa misma oportunidad, como si fuera un rockstar, también se plantó en una esquina cualquiera en pleno Manhattan. Una instantánea que será recordada por la kufiya y las gafas tipo aviador, el megáfono rojo y la presencia del bajista y creador de Pink Floyd, Roger Waters. Al mismo nivel del “no se puede confiar en el imperialismo, pero ni tantico así, nada”, del Che Guevara, o del “ayer el diablo estuvo aquí, huele a azufre”, de Hugo Chávez.
Incluso, la última visita a Cuba socialista no puede pasar desapercibida. En medio del bloqueo económico más cruel de los últimos tiempos en contra de un pueblo, el mandatario colombiano convocó a la solidaridad y a un diálogo de civilizaciones. Una despedida digna de una política exterior comprometida con los pueblos del mundo.
El último

Encuentro del presidente Gustavo Petro con estudiantes colombianos en La Habana, Cuba. Foto Presidencia
Ese muchacho triste y melancólico, que portaba lentes fondos de botella y en su cuello la bandera azul, blanca y roja, y que lloraba la muerte del comandante Carlos Pizarro, muchos años después logró ser presidente. Las cámaras de video registraron el momento canónico en los funerales del máximo líder del M-19: fue un 28 de abril de 1990.
Gustavo Petro, con 66 años, se despide de la presidencia con la frente en alto. El país que entrega tiene menos hambre y pobreza porque el horizonte de la acción de Gobierno fue la justicia social. Porque en el primer mandato nacional de la izquierda progresista, la prioridad fue tierra, trabajo, pan, salud, educación, naturaleza, independencia, democracia y libertad.
Finalmente, dentro de sus últimas acciones, estuvo la entrega de los primeros archivos desclasificados del extinto Departamento Administrativo de Seguridad, DAS. En los documentos se destacan los casos del humorista Jaime Garzón y de Pedro Julio Movilla, sindicalista y militante del Partido Comunista de Colombia – Marxista Leninista, ML, una apertura que busca preservar la memoria histórica y esclarecer crímenes de Estado.
La siguiente etapa de Petro será defender los logros sociales de su gestión, liderar a las fuerzas políticas que se identifican con el programa del cambio, seguir adelantando su agenda internacional para enfrentar la catástrofe climática y denunciar los genocidios en contra de los pueblos del mundo.
El 9 de abril de este año, en la entrega de la sede ‘Aureliano Buendía’ del SENA en Ciénaga de Oro, Córdoba, Petro afirmó que su gobierno representaba el cierre de un ciclo histórico del país: “Yo creo que soy el último Aureliano (…) cuando llegue el último, se acaban los cien años de soledad”. La referencia suscitó críticas políticas, columnas satíricas e inspiró un libro opositor sobre el “desastre anunciado” del Gobierno del cambio.
El telón se vuelve abrir con el neofascismo al mando, produciendo desesperanza e incertidumbre. Pero el país no está condenado a más años de soledad y guerra. Tendrá más oportunidades sobre la tierra. Y ahí, con seguridad, estará el último Aureliano, el presidente del cambio.
6 de agosto de 2026
Con información del Semanario Voz