Por: Gabriel Becerra

A menos de cinco semanas del 31 de mayo, Colombia entra en su hora decisiva. No se trata de una elección más. Lo que está en juego es el rumbo mismo del país, su capacidad de avanzar o de retroceder décadas en derechos y dignidad.

Las encuestas muestran que Iván Cepeda lidera la intención de voto y que una victoria en primera vuelta es posible. Pero este dato, lejos de invitar a la complacencia, impone una responsabilidad mayor: redoblar el compromiso, ampliar la base social y no dar por sentado lo que aún debe conquistarse en las urnas. Nada está ganado.

La campaña ha dejado de ser una simple competencia entre candidaturas. Es un plebiscito entre dos proyectos de país. De un lado, la continuidad de un proceso de transformaciones que ha puesto en el centro la justicia social, la ampliación de derechos, la inversión en educación, el trabajo digno y la paz como horizonte.

Del otro, el retorno de las derechas, aferradas a un modelo excluyente, desigual y autoritario, que aún gravita alrededor de Álvaro Uribe Vélez y sus viejas fórmulas de poder. No hay puntos intermedios. Colombia se debate entre profundizar el cambio o restaurar el pasado.

No es casual que resurja con fuerza el libreto del miedo. La estrategia es conocida: desinformación sistemática, manipulación emocional, noticias falsas amplificadas y la explotación del dolor para sembrar incertidumbre. Así ocurrió en el plebiscito por la paz.

Los hechos dolorosos en el Valle del Cauca y el Cauca son instrumentalizados para construir una narrativa de caos que pretende justificar salidas autoritarias. No buscan soluciones reales, sino reinstalar el temor como mecanismo de dominación política.

Pero Colombia ha cambiado. Hay una ciudadanía más consciente, crítica y movilizada. Un país que ha aprendido a desconfiar de quienes prometen orden a cambio de libertades. Por eso, la respuesta no puede ser el silencio ni la tibieza. La tarea es disputar el sentido común, salir al encuentro de la gente, escuchar sus preocupaciones y construir confianza desde la verdad y la cercanía.

La política se juega en el barrio, en la vereda, en la conversación cara a cara. Allí donde se reconocen avances concretos, pero también donde se tramitan las dudas legítimas.

En paralelo, se hace imprescindible consolidar la Alianza por la Vida, como expresión de una mayoría que comprende la magnitud de este momento histórico. Se trata de sumar, de incluir, de tejer una convergencia amplia que permita no solo ganar, sino gobernar con respaldo popular.

Cada día cuenta. Cada conversación suma. Cada decisión acerca o aleja el futuro que queremos. El 31 de mayo será una definición colectiva: miedo o esperanza.

Y cuando un pueblo decide ponerse de pie, cuando la dignidad se convierte en fuerza y la verdad logra abrirse paso, la historia suele inclinarse del lado de quienes no se resignan.
Esta vez, la esperanza puede —y debe— vencer al miedo.
Con información del Semanario Voz

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