Blanca Pardo tenía 72 años y se dedicaba a las labores del campo.

La edad puede transformar la manera en que la sociedad mira nuestros cuerpos, pero no elimina las relaciones de desigualdad que permiten violentarlos.

Por: Renata Cabrales

Blanca Pardo tenía 72 años. Era campesina y vivía en una zona rural del departamento de Nariño. Su muerte, ocurrida después de una presunta agresión sexual, conmocionó a quienes conocieron su historia y a quienes todavía creemos que debería existir alguna etapa de la vida en la que las mujeres podamos sentirnos a salvo.

Pero el caso de Blanca nos enfrenta a una verdad perturbadora: las mujeres podemos volvernos invisibles para la sociedad cuando envejecemos, pero no necesariamente para la violencia de los hombres.

Y esta contradicción merece una reflexión mucho más profunda que la indignación momentánea que suele acompañar las noticias de feminicidio.

Invisibles, pero nunca a salvo

Desde niñas aprendemos a que nuestros cuerpos no nos pertenecen del todo. Alguien siempre parece tener derecho a opinar sobre ellos: cómo debemos vestirnos, caminar, sentarnos, hablar o comportarnos. Durante la juventud, somos observadas, evaluadas, sexualizadas y, con demasiada frecuencia, responsabilizadas de las agresiones que sufrimos.

Nos enseñan a protegernos de los hombres, pero pocas veces les enseñan a ellos a respetarnos. Después llega la vejez y ocurre algo curioso, aunque nada inocente: dejamos de existir para esa misma sociedad que antes parecía obsesionada con nuestros cuerpos.

Las mujeres mayores desaparecen de la publicidad, del cine, de los espacios de representación y hasta de las conversaciones sobre sexualidad. Como si nuestra importancia tuviera una fecha de vencimiento marcada por las arrugas, las canas o la menopausia.

Mientras somos jóvenes, nuestros cuerpos son vigilados, juzgados y sexualizados. Cuando envejecemos, pareciera que dejamos de existir para la mirada pública. Pero esa desaparición simbólica no significa que desaparezcan los peligros.

La sociedad patriarcal puede dejar de considerarnos deseables, pero eso no significa que deje de considerarnos vulnerables. El caso de Blanca Pardo nos recuerda precisamente eso.

No es deseo, es poder

Durante siglos se ha querido explicar la violencia sexual como consecuencia de un deseo masculino incontrolable. Y alrededor de esa explicación se ha construido todo un catálogo de excusas: la ropa, el alcohol, la hora, el lugar, la actitud o la supuesta provocación de la víctima.

Por eso resulta tan revelador preguntarnos qué explicación podrían encontrar quienes siguen justificando las agresiones sexuales contra las mujeres cuando la víctima tiene 72 años.

¿También llevaba la ropa equivocada? ¿También provocó a alguien? ¿También debía haber sido más prudente?

La pregunta parece absurda, pero precisamente por eso resulta necesaria. Porque la violencia sexual no es simplemente una expresión de deseo. Es también una herramienta de dominación, humillación y ejercicio de poder sobre el cuerpo de otra persona.

Y ese poder no distingue entre una niña de ocho años, una joven de veinte o una mujer de setenta y dos. La edad puede transformar la manera en que la sociedad mira nuestros cuerpos, pero no elimina las relaciones de desigualdad que permiten violentarlos.

La violencia sexual no está determinada por la belleza ni por la juventud de una mujer. Tampoco por su forma de vestir, su vida sexual o su comportamiento.

Está relacionada con la decisión de quien agrede y con las estructuras sociales que históricamente han tolerado, minimizado o justificado esa agresión.

El machismo también envejece

Existe una discriminación de la que todavía hablamos poco: la que resulta de ser mujer y adulta mayor al mismo tiempo.

El edadismo y el machismo se encuentran en un territorio particularmente cruel. A las mujeres mayores se les exige discreción, silencio, sacrificio y resignación. Se espera que sean cuidadoras, abuelas abnegadas o figuras familiares entrañables, pero rara vez se las reconoce como personas con autonomía, sexualidad, deseos y derechos.

Y cuando sufren violencia sexual, los prejuicios se multiplican. Todavía persiste la idea de que una mujer mayor no puede ser víctima de una agresión sexual porque supuestamente ya no despierta deseo. Como si una violación necesitara cumplir primero con los estándares de belleza establecidos por la sociedad.

Este prejuicio contribuye a invisibilizar las agresiones y a dificultar que las víctimas sean escuchadas. Muchas mujeres mayores enfrentan, además, situaciones de dependencia económica, aislamiento, dificultades de movilidad o miedo a denunciar. En ocasiones, quienes ejercen la violencia pertenecen a sus propios círculos de confianza.

Y si a la edad y al género agregamos las desigualdades de clase y las dificultades de vivir en una zona rural, las barreras para acceder a la protección y a la justicia pueden hacerse todavía mayores. Ser una mujer campesina de 72 años no debería significar estar más expuesta al abandono institucional. Pero sabemos que la igualdad escrita en las leyes no siempre llega hasta las veredas.

El derecho a envejecer sin miedo

Blanca Pardo tenía derecho a vivir su vejez tranquilamente. A caminar por el campo, a realizar sus actividades cotidianas y a disfrutar de los años que todavía le quedaban por delante.

Su edad no debería ser lo que hace excepcional su historia. Lo verdaderamente insoportable es que una mujer, a cualquier edad, pueda ser víctima de semejante violencia.

Su caso exige que las autoridades esclarezcan los hechos, investiguen la posible violencia sexual y determinen las responsabilidades correspondientes. Pero también nos obliga a ampliar la manera en que hablamos de violencia machista.

Necesitamos reconocer que las mujeres mayores también pueden ser víctimas de violencia sexual, garantizarles mecanismos de denuncia accesibles y dejar de tratarlas como si sus cuerpos y sus vidas hubieran perdido importancia.

Durante toda nuestra existencia nos imponen instrucciones para mantenernos a salvo. De niñas, que no confiemos en desconocidos. De jóvenes, que cuidemos nuestra ropa y nuestros horarios. De adultas, que seamos prudentes y evitemos riesgos.

Y cuando llegamos a viejas, después de una vida entera de advertencias, descubrimos que tampoco la edad garantiza nuestra seguridad. Qué paradoja tan miserable: el patriarcado nos vuelve invisibles cuando dejamos de ser jóvenes, pero no nos concede el derecho a dejar de tener miedo.

Blanca Pardo tenía 72 años. No tendría que haber sido noticia por la violencia que sufrió, sino simplemente una mujer viviendo su vejez. Porque en una sociedad verdaderamente justa, envejecer debería significar acumular años, experiencias y libertades. No seguir acumulando razones para tener miedo.
16 de octubre de 2026
Con información del Semanario Voz

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