El histórico líder Juan de la Cruz Varela es uno de los referentes del movimiento campesino y comunista del país. Foto archivo
Desde su fundación en 1930, el Partido Comunista Colombiano comprendió que la cuestión agraria era el núcleo de las contradicciones sociales de un país rural. Desde ese momento entendieron que la democratización pasa por transformar las relaciones de propiedad y poder en el campo
Por: Carlos A. Morales
Hablar de los 96 años del Partido Comunista Colombiano es recorrer buena parte de la historia de las luchas agrarias del país. En Colombia, la cuestión de la tierra nunca ha sido un problema exclusivamente económico; ha sido el escenario donde se han enfrentado dos proyectos de nación: uno basado en la concentración de la riqueza, el despojo y la exclusión política del campesinado; otro, construido desde la aspiración de una democracia fundada en la justicia social, la redistribución de la tierra y la dignidad de quienes la trabajan.
Transformación del campo
Desde su fundación en 1930, el Partido comprendió que la cuestión agraria era el núcleo de las contradicciones sociales de un país profundamente rural. Mientras el latifundio concentraba la tierra y millones de campesinos sobrevivían como aparceros, arrendatarios, colonos o jornaleros, los comunistas entendieron que la democratización de Colombia pasaba necesariamente por transformar las relaciones de propiedad y poder en el campo.
No fue una apuesta abstracta. Allí donde surgían conflictos por la tierra, el Partido apoyó la organización campesina, promovió la educación política, fortaleció sindicatos agrarios y acompañó la construcción de ligas campesinas. Comprendió que la tierra solo podía conquistarse mediante la organización colectiva y que el campesinado debía reconocerse como un sujeto político capaz de transformar la historia.
Las primeras décadas del siglo XX marcaron la convergencia de las luchas agrarias, un proceso que el PCC asumió desde su fundación como uno de los pilares de su acción política.
No fue casual que entre sus fundadores estuvieran dirigentes indígenas como José Gonzalo Sánchez y Eutiquio Timoté, lo que reflejaba la convicción de que la transformación del campo solo sería posible articulando las reivindicaciones de los pueblos indígenas, los colonos y el campesinado.
Esa visión se expresó en las luchas conjuntas del sur del Tolima, donde las luchas indígenas por sus territorios ancestrales se entrelazaron con la lucha campesina contra el latifundio.
También encontró una temprana expresión en la experiencia organizativa del campesinado comunista, como fue el caso de Viotá “la Roja», referente nacional de organización agraria, cooperativismo y educación política.
En defensa de la vida
Sobre esa acumulación de experiencias, y en medio de la defensa de la vida en la llamada “Violencia”, se integraron al PCC el movimiento agrario del Sumapaz y la experiencia del Partido Agrario Nacional, PAN. Estos procesos se consolidaron como expresiones de avanzada en el movimiento campesino colombiano, demostrando que la lucha por la tierra solo podía sostenerse mediante la organización popular, la defensa de la vida, la permanencia en el territorio y la construcción de comunidad.
Quizás allí reside uno de los mayores aportes del Partido Comunista Colombiano: su acción nunca se limitó a disputar la propiedad de la tierra. Comprendió que defender el campo significaba defender la vida.
Allí donde la violencia intentó expulsar comunidades enteras, los comunistas promovieron la organización para permanecer en el territorio; allí donde el miedo buscó destruir el tejido social, respondieron fortaleciendo las organizaciones campesinas; allí donde el poder pretendió imponer el silencio, surgieron nuevas formas de participación popular.
La historia del movimiento agrario colombiano está atravesada por esa defensa de la vida. Miles de militantes comunistas, dirigentes campesinos, sindicalistas y líderes rurales fueron perseguidos, encarcelados, desaparecidos y asesinados por organizar comunidades y reclamar derechos.
Desde la violencia bipartidista hasta el genocidio político y los asesinatos contemporáneos de líderes sociales, la defensa de la tierra ha significado, demasiadas veces, poner en riesgo la propia existencia. Sin embargo, ni el terror ni la estigmatización lograron destruir el movimiento campesino; por el contrario, fortalecieron la convicción de que sin organización no hay democracia posible.
Reforma agraria y cambio político
Ese legado continúa vigente. Buena parte de las conquistas alcanzadas en el Gobierno del Cambio —el reconocimiento constitucional del campesinado como sujeto de derechos y de especial protección, el impulso a la Reforma Agraria, el fortalecimiento de la producción agropecuaria y la economía campesina, el reconocimiento de sus culturas y la construcción de una institucionalidad orientada al campo— no nacieron de manera espontánea.
Son el resultado de décadas de acumulación política y social, y de la persistencia de organizaciones campesinas que han aportado a la posibilidad de transformar el país desde sus territorios rurales; tareas en las que las y los comunistas han aportado ayer y hoy.
Pero la historia también enseña que ninguna conquista es irreversible. Colombia enfrenta hoy un nuevo escenario político en el que sectores de extrema derecha han regresado al Gobierno con una visión del desarrollo rural que, históricamente, ha privilegiado la concentración de la tierra, el gran agronegocio y la reducción del papel del Estado en la garantía de los derechos campesinos.
Desde allí buscan instalar una narrativa de falta de ejecución y de supuestas cifras infladas en la entrega de tierras, para justificar la anulación de la Reforma Agraria. En este contexto, la Reforma Agraria vuelve a convertirse en un escenario de disputa política y social. Defender los avances alcanzados exigirá la misma capacidad de organización y unidad que hizo posible conquistarlos.
Revolución por la vida
Los 96 años del PCC dejan enseñanzas que mantienen plena vigencia: la primera, que la organización popular precede a cualquier transformación institucional; la segunda, que la unidad entre campesinos, pueblos indígenas, afros, trabajadores y sectores democráticos ha sido la condición para ganar derechos; la tercera, que la paz solo puede construirse sobre la justicia agraria; y la cuarta, quizá la más importante, que defender la tierra es defender la vida.
En tiempos de incertidumbre, mirar hacia atrás no es un ejercicio de nostalgia. Es reconocer que las luchas del presente tienen raíces profundas y que las generaciones que nos antecedieron construyeron herramientas políticas, organizativas y éticas para enfrentar escenarios incluso más adversos.
Ese es, quizá, el mayor legado del PCC: haber demostrado que la esperanza también puede organizarse para hacer una Revolución por la Vida.
17 de julio de 2026
Con información del Semanario Voz