Kevin Siza Iglesias
Por: Kevin Siza Iglesias
@KevinSizaI
El momento político que vive Colombia no admite ambigüedades. La posibilidad de consolidar y profundizar los cambios estructurales, construir la paz integral y garantizar la vida depende, en gran medida, de la capacidad de la juventud para actuar como un sujeto político unido, consciente y movilizado. No es una consigna vacía: es una necesidad histórica.
El XIII Festival Nacional de la Juventud y los Estudiantes se proyecta precisamente como ese escenario de reencuentro. No se trata solo de un evento, sino de un proceso que propicia su articulación, donde las voces territoriales confluyen para construir una agenda común con capacidad real de determinar el rumbo del país, a partir de la construcción de un mandato juvenil que incorpore de sus demandas y las traduzca en acción política movilizadora.
Sin embargo, el principal desafío sigue siendo superar la fragmentación y la corporativización. Durante años, el movimiento juvenil ha estado marcado por la dispersión organizativa, la atomización de agendas y el debilitamiento de sus expresiones colectivas. Esta realidad no solo limita su incidencia, sino que favorece a los sectores que históricamente han bloqueado las transformaciones sociales.
La unidad juvenil no puede ser entendida como uniformidad, sino como la construcción de mínimos comunes: una agenda que defienda la educación pública, el trabajo digno, la participación política efectiva, la salud mental, la cultura, la paz y el acceso a la ciencia y la tecnología. En otras palabras, una agenda que coloque en el centro la vida digna de las juventudes.
Hoy existe una oportunidad que no puede desperdiciarse. La necesidad de un segundo gobierno progresista requiere de un movimiento juvenil fuerte, articulado, propositivo y con iniciativa política propia, que no solo acompañe, sino que empuje los cambios.
La historia reciente ha demostrado que cuando la juventud irrumpe —como en 2021— el país se transforma; pero también ha demostrado que sin organización sostenida, esos avances pueden diluirse.
Por eso, el llamado es claro: iniciar desde ya diálogos amplios, construir confianzas, tejer alianzas y preparar, con iniciativa política y creatividad, una agenda unitaria que trascienda y se materialice en organización unitaria y acción en los territorios. La unidad juvenil se construye en las luchas cotidianas.
El reto no es menor. Enfrente están los poderes políticos y económicos que operan en todos los niveles del Estado y que buscan frenar cualquier transformación estructural. Frente a ellos, la dispersión es derrota. La unidad, en cambio, es posibilidad y victoria.
Garantizar la continuidad del proceso de cambios, consolidar la paz y defender la vida en Colombia pasa, inevitablemente, por una juventud que actúe, junto a todo el campo popular, como bloque histórico. El XIII Festival Nacional de la Juventud y los Estudiantes es un punto de partida para construir en el presente, una Colombia feliz y llena de esperanza para las futuras generaciones.
Con información del Semanario Voz