Alocución presidencial
Las recientes declaraciones de Abelardo De la Espriella contra la autonomía universitaria, luego de los ataques del ESMAD a estudiantes de universidades públicas en Bogotá que se movilizaban en solidaridad con Palestina, constituyen una señal preocupante sobre el tratamiento que la derecha pretende dar a la protesta social, al pensamiento crítico y a las libertades democráticas
La incursión violenta de la fuerza pública en la Universidad Nacional no puede ser asumida como un hecho aislado: Una cosa es la autoridad legítima del Estado, sometida a la Constitución y a los derechos fundamentales; otra muy distinta es el autoritarismo que pretende restringir la movilización, estigmatizar a la juventud y presentar como terroristas, peligrosos o violentos a quienes ejercen su derecho a disentir.
La universidad y el movimiento estudiantil han sido históricamente espacios de pensamiento, debate, creación y acción política. Por eso, atacar la autonomía universitaria no es solamente una disputa sobre el manejo del campus: es una ofensiva contra el pensamiento crítico y contra la posibilidad misma de construir una democracia plural. La autonomía universitaria es una conquista democratica, no un privilegio.
A esta arremetida se suma un ambiente de intimidación contra quienes ejercen la libertad de expresión y el derecho a informar. Periodistas, medios de comunicación, analistas, funcionarios y servidores públicos que contradicen el relato oficial pueden convertirse en blanco de señalamientos, presiones o represalias.
La salida del director del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, después de expresar públicamente sus apreciaciones sobre cifras y resultados de la gestión del gobierno de Gustavo Petro, constituye un episodio que merece especial atención en una democracia donde la verdad estadística no puede quedar subordinada a conveniencias políticas.
El silenciamiento de lo divergente pretende instalar la idea de una sociedad a la altura del “país milagro”. Pero el silencio impuesto nunca es neutral. Cuando el miedo, la amenaza y la persecución sustituyen al debate democrático, la sociedad se moldea a la censura y la violencia puede terminar legitimándose como método de gobierno.
El autoritarismo contemporáneo no necesita de uniformes. Hoy se presentan desde los salones del poder, amplificado por redes sociales, campañas de desinformación, ejércitos digitales de cuentas falsas y discursos cuidadosamente libreteados para convertir al adversario político en enemigo. Allí uno de sus mayores peligros: normalizar el odio hasta hacer parecer inevitable la persecución de quien piensa diferente.
La autonomía universitaria, la libertad de expresión y el derecho a la protesta existen porque generaciones enteras lucharon contra la uniformidad y por sociedades diversas, democráticas y con derechos. Defenderlas hoy es defender la democracia misma
Por eso, el gran paro nacional convocado por distintos sectores sociales no se reduce a una disputa laboral o reivindicativa. También expresa una defensa política de las libertades, de los derechos sociales y de la posibilidad de disentir sin miedo. Frente al avance autoritario de la derecha, la respuesta democrática debe ser más participación, más organización popular y más libertad. Porque cuando el miedo pretende gobernar, movilizarse también es un acto de justicia.
16 de septiembre de 2026
Con información del Semanario Voz