En Opogodó el terremoto abrió la tierra y desató la desesperación entre sus habitantes. Foto Beto Murillo Porras

En su correría por Chocó, Beto Murillo Porras llegó al remoto municipio de Condoto donde el terremotoabrió la tierra y dejó casas, colegios y familias afectadas. Allí, recogió los testimonios de una comunidad que, entre las ruinas, resiste y se niega a abandonar su territorio.

Por: Valentina Bolaño Senior

En lengua catía, perteneciente a la familia lingüística del Chocó, Opogodó significa “río de la iguana”, nombre con el que históricamente se ha denominado al río que atraviesa todo el territorio. Con ese mismo topónimo se conoce a este corregimiento del municipio de Condoto, donde las casas y las familias que las habitaban quedaron heridas por el terremoto del pasado10 de agosto.

Opogodó hace parte del territorio colectivo de comunidades negras del Consejo Comunitario Mayor de Condotó y Río Iró, Cocomacoiro. Aquí, la vida en comunidad es una forma de resistir y sostenerse en medio de la tragedia. Hoy, el río Opogodó sigue su curso, pero el paisaje que lo rodea cambió por completo.

Todo en el corregimiento se debe reconstruir: las casas, los espacios comunitarios, el colegio. Entre las ruinas y la incertidumbre, sus habitantes siguen esperando bajo un mismo techo. No quieren abandonar su territorio, sino que quieren reconstruirlo y recuperar la vida que tenían.

En Opogodó, mientras se levantan nuevamente las paredes, también se intenta sostener lo más importante: a su gente.

En Opogodó el terremoto abrió la tierra y desató la desesperación entre sus habitantes. Foto Beto Murillo Porras

Los testimonios

Durante su recorrido por el Chocó, Beto Murillo Porras, nuestro corresponsal aliado en territorio, llegó a Opogodó para registrar cómo sus habitantes enfrentan la tragedia. En cada testimonio se hizo visible el dolor de la comunidad, pero también la esperanza y la resistencia que mantienen a un pueblo unido.

La Institución Educativa Manuel Mosquera Moreno fue una de las infraestructuras que más sufrió daños por el terremoto. “El nivel de la grieta es profundo, también la base está reventada y se vino el muro”, explica Daniel Gumercindo Valencia Cross, rector de la institución. Recuerda el pánico entre los estudiantes y el personal de la institución.

En el momento del terremoto se encontraban en la plazoleta participando en una actividad del 7 de agosto. Cuando llegaron sus padres, se les dio salida controlada para evitar accidentes; sin embargo, el colegio quedó agrietado: “Por visita de unos funcionarios del Ministerio de Educación directamente de Bogotá, nos dieron la sugerencia de que no podía ser habitado. En la sede del bachillerato hay 143 estudiantes; estamos a la espera que nos den parte de la infraestructura de la sede primaria del colegio”, explica el rector.

Si el veredicto es favorable, se contempla trabajar una sola jornada, ya sea en la mañana o la tarde.

La afectación del colegio no solo preocupa por los daños en la infraestructura. Para los estudiantes, significa también perder el lugar donde estudian y donde desarrollan buena parte de su vida cotidiana. “Antes lo llamaban colegio, pero ahora está en ruinas, porque no hay nada más aquí. Yo pido que nos hagan el colegio para poder estudiar”, señaló Gisselle Rivas, estudiante de la Institución Educativa.

Jey Hinestroza es un joven que vive en Opogodó y sabe de la importancia de la educación para el pueblo: “Me siento muy triste y vulnerable. El colegio ha sufrido muchas afectaciones. A pesar de que yo no estudio aquí, soy habitante de esta comunidad y me duele por mi población saber que el colegio está tan afectado. Pero, si Dios quiere, se encargará de que el colegio renazca”, aseguró.

El albergue

Ahora bien, la experiencia dejó profundas marcas en la comunidad. “Yo nunca había vivido una experiencia como la de ese día, además porque tengo un hijo pequeño; la tierra se empezaba a mover y las casas hacían ruido”, dijo Sandra Patricia Rivas Mosquera, habitante del corregimiento, mientras cargaba a sus hijos en brazos.

El suelo se abrió y las personas quedaron sumidas en la desesperación. “Viendo eso, pensaba: ‘Dios
mío, nos va a tragar la tierra’. En la casa de la vecina se abrió una poza y todo se inundó; eso nos hizo dar mucho más miedo”, afirma Sandra.

Después del terremoto, la población comenzó a organizarse para poder pasar los días. Al saber que varias viviendas no se podían habitar, el Cocomacoiro dispuso de un sitio para que sea albergue para toda la población afectada.

“Estamos abiertos a cualquier ayuda, a cualquier colaboración, porque esto va a seguir. En este momento dormimos hasta en el suelo, en colchonetas o como uno se pueda acomodar con su familia; por eso estamos dados a cualquier colaboración que nos quieran dar las personas”, explicó Virginia Salazar Quinto, habitante de Opogodó.

En ese albergue está agrupada toda la población, cuenta con su cocina y su espacio para dormir. “En el albergue nos apoyamos entre todos, porque no tenemos una casa donde estar. Son 25 familias afectadas; estamos esperando que Dios y todo el equipo que ha llegado nos sigan dando apoyo, porque es lo que necesitamos”, asegura también Marta Pandales, otra de las habitantes.

En un espacio del albergue se pueden notar las donaciones que han llegado desde diferentes lugares del país: alimentos, ropa, productos de aseo, medicinas y demás. Los habitantes del corregimiento demuestran su agradecimiento con todas las personas que les han ayudado.

Sus exigencias

Frente a la situación, la población necesita soluciones para poder volver a vivir en paz. Wilson Rentería Lemus, habitante de Opogodó hace un llamado al Gobierno nacional: “Yo les pido que no se vayan a demorar en ubicar a los de aquí, a los de este lado. Porque nosotros estamos desesperados, no dormimos, nos trasnochamos. A todos nos han sacado, pero no sabemos a dónde nos llevarán”.

La preocupación por las casas aumenta cada día. “La casa mía quedó desbaratada. Estamos pidiendo ayuda porque no tenemos recursos; por eso se los pedimos al Gobierno Nacional para poder construir nuevamente nuestras casas”, finalizó Wilson Rentería.

Al tratarse de una zona donde la tierra se abrió y dejó profundas afectaciones, las ayudas deben ir más allá de la atención inmediata. La comunidad necesita la recuperación de las vías, la reconstrucción de las viviendas, los colegios y la infraestructura necesaria para volver a vivir dignamente en su territorio.
28 de agosto de 2026
Con información del Semanario Voz

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