Por: Jeison Paba Reyes
Macondo no es una metáfora, es un método de poder. En Colombia, cada ciclo electoral recicla personajes grotescos que muchos creen caricaturas, pero terminan gobernando. No son accidentes, son el resultado de una sociedad que aún no resuelve sus desigualdades ni disputa el sentido común que las legitima. Allí germina el autoritarismo con disfraz de novedad.
En ese escenario emerge “Papucho, el ateo”, síntesis de lo más peligroso de la política contemporánea: cinismo sin pudor, oportunismo sin límites y desprecio abierto por lo público. No hay nada original en su libreto. Es la copia de fórmulas ya explotadas por Donald Trump y Javier Milei: el falso empresario salvador y el discurso antipolítica que, en realidad, es la forma más brutal de hacer política contra la gente.
Papucho no irrumpe desde afuera. Es hijo legítimo de las élites. Su rebeldía es una puesta en escena para proteger privilegios. Se vende como producto del esfuerzo individual, pero oculta las redes de poder que sostienen su ascenso. No es meritocracia, sino propaganda diseñada para culpabilizar a quienes han sido históricamente excluidos.
Su proyecto no es neutro ni técnico, es profundamente excluyente. Desprecia al colombiano de a pie, al que sobrevive en la economía popular, al que no encaja en su molde de productividad. El país real —el de la changua, el del trabajo informal— es, para él, una falla que debe corregirse, incluso si eso implica arrasar derechos.
No estamos ante una anécdota electoral. Estamos ante una estrategia consciente: convertir la frustración social en odio político dirigido. Mientras millones padecen desigualdad estructural, Papucho ofrece un relato perverso: si no asciende, es su culpa. Así se absuelve el sistema y se condena a las víctimas.
El problema no es su ignorancia, sino su eficacia política calculada. Estos discursos triunfan cuando se normaliza que gobernar es administrar privilegios y no garantizar derechos fundamentales.
Por eso la respuesta no puede ser tibia ni neutral. No basta con derrotarlos en las urnas. Hay que disputar el relato, desmontar la mentira del magnate salvador y afirmar, sin ambigüedades, que la dignidad no se mendiga ni se compite, se garantiza colectivamente.
El desafío es político y urgente: devolver a estos personajes a la ficción antes de que terminen por escribir, sin resistencia, el destino común.
Lo verdaderamente alarmante es que figuras como Papucho no solo prosperan por su discurso, sino por el vacío que deja una democracia incapaz de responder a las mayorías. Cuando las instituciones se perciben lejanas, lentas o cooptadas, el terreno queda abonado para que el autoritarismo se presente como solución eficiente. Allí es donde el cinismo se convierte en programa de gobierno y la desigualdad en argumento de disciplina social.
En ese escenario, resistir no es solo una opción política: es una obligación ética frente a quienes pretenden convertir el desencanto colectivo en mandato de exclusión.
Con información del Semanario Voz