Por: Jaime Cedano Roldán
Sobra decirlo, quizás: los resultados del domingo fueron un baldado de agua fría para la militancia del Pacto Histórico y la Alianza por la Vida, y para mucha gente que en el mundo estaba pendiente de los resultados, ya que esta batalla electoral es parte de la lucha de toda la humanidad contra el neofascismo.
Tras sucesivas derrotas en España, Argentina, Chile o Ecuador, se esperaba que una victoria en Colombia en la primera vuelta fuera una bocanada de aire fresco en medio de la travesía por el desierto. Pero no lo fue. Tampoco es el desastre. No hemos sido derrotados y viene la revancha. Con una adecuada estrategia, tendremos la victoria el 21 de junio.
Se había advertido -con cierta insistencia- que nos podría pasar lo mismo que a la izquierda chilena, que aun ganando la consulta y la primera vuelta perdería en la segunda, como sucedió. Pero los escenarios son muy diferentes. Jeannette Jara ganó, pero dos candidaturas de la derecha sacaron en esa primera vuelta más que el doble de su votación. Remontar la diferencia era prácticamente un imposible total. No es el caso de la situación colombiana. Sin considerar nada como definitivo, ni con certezas totales, la candidatura de Iván Cepeda Castro tiene más juego de alianzas y acuerdos políticos que el mismo abelardismo.
Acuerdos que, por supuesto, tendrán que saberse concretar, y sin necesidad de caer en la politiquería, lo que puede ser el gran temor del candidato con estos acercamientos. Y en este escenario, se equivocan quienes reclaman que Cepeda radicalice el discurso. Una cosa es señalar claramente el contenido neofascista y mafioso del proyecto de Abelardo de la Espriella, y otra, nada aconsejable, subir el tono al nivel de los desagradables decibeles del abogado. Hay que explicar claramente el peligro que hoy vive no solo Colombia, sino el mundo entero.
Y es que, curiosamente, es a la izquierda a la que le corresponde defender una institucionalidad que las extremas derechas -en ascenso electoral, y beligerancia verbal desatada- están negando y pisoteando, y que falsamente un sector de la población lo asume como expresión de rebeldía.
El Pacto hizo una campaña extraordinaria. Movilizó a centenares de miles de personas. Mostró garra y capacidad organizativa. Pero hay que reconocerlo: fue ante todo con militantes y simpatizantes convictos y confesos, como diría Mariátegui. Quizás faltó llegarle más a la gente no convencida, gente con dudas, temores o desinformada. Y a este sector debería enfocarse ahora parte de la estrategia electoral.
El presidente Gustavo Petro ha señalado con total claridad el significado histórico de la confrontación con el fascismo. La particularidad colombiana es que no se trata solo de parar al fascismo, sino derrotarlo para seguir ampliando y profundizando la democracia económica, política y social.
La nueva batalla que ha empezado será dura, corta e intensa. Es una lucha por la vida.
La ganaremos y será hermoso.
Con información del Semanario Voz