No vienen por los comunistas: vienen por todo. La historia latinoamericana nos ha enseñado que el anticomunismo ha sido la justificación para perseguir y exterminar todo proceso que luche por la transformación democrática, las libertades y la justicia social.
Editorial 3331
Hoy es indispensable encender las alarmas cuando desde Washington se pretende reinstalar una nueva doctrina de seguridad en el continente y, en Colombia, el gobierno entrante pretende impulsar iniciativas que buscan convertir el anticomunismo en política de Estado.
No se trata de una simple controversia ideológica. El anticomunismo nunca ha protegido la democracia, sino que en cambio, la ha destruido para garantizar el dominio de las élites económicas, facilitar la expansión de los intereses injerencistas estadounidenses y fortalecer su complejo militar-industrial.
Para eso necesita gobiernos dóciles dispuestos a entregar la soberanía de sus países. Y cuando se encuentran con una oposición pacífica y social, nunca han dudado en enfrentarla a sangre y fuego. No buscan comunistas: buscan limpiar el camino para garantizar su hegemonía.
La reciente reunión ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político convocada por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, marca una ruta preocupante. Bajo el pretexto rencauchado de combatir el “terrorismo político de extrema izquierda”, Estados Unidos redefinió su enemigo estratégico: los movimientos sociales y populares, los gobiernos progresistas y toda fuerza política que cuestione el modelo económico y geopolítico de Washington.
Se trata de una versión reencauchada de la vieja Doctrina de Seguridad Nacional que, durante la Guerra Fría, convirtió al continente en escenario de golpes de Estado, dictaduras militares, detenciones masivas, desapariciones forzadas y terrorismo de Estado.
La Operación Cóndor fue la expresión más brutal de esa política. Bajo la coordinación de Estados Unidos, las dictaduras del Cono Sur persiguieron, torturaron y asesinaron a miles de dirigentes sindicales, estudiantes, intelectuales, campesinos y militantes de izquierda. El anticomunismo fue el argumento, pero el verdadero objetivo era destruir cualquier proyecto de transformación social.
En Colombia, los gobiernos de turno, por décadas, mantuvieron la teoría del “enemigo interno” que justificó el exterminio contra organizaciones políticas como el Partido Comunista y la Unión Patriótica, con un saldo de miles de víctimas.
Por eso resultan profundamente preocupantes los anuncios de las fuerzas políticas que apoyan el nuevo gobierno. La propuesta del partido de Abelardo de la Espriella de instaurar una “semana anticomunista” en los establecimientos educativos no puede interpretarse como una actividad pedagógica inocente. Es un intento por institucionalizar la estigmatización, sembrar el odio en las aulas y en la sociedad, y adoctrinar nuevas generaciones bajo la lógica de que quien piensa diferente representa una amenaza para la nación.
No se trata únicamente de defender comunistas, aunque por puro principio de humanidad hay que hacerlo; consiste en defender la democracia y una visión pluralista de país. Cuando un Estado decide convertir una corriente política legal en objeto militar, abre la puerta para destruir todas las libertades. Hoy somos las y los comunistas; mañana podrá ser cualquier organización social, sindical, campesina, indígena, estudiantil o ambiental que cuestione las decisiones del poder.
La mejor respuesta frente a esta cruzada no es el miedo. Nuestra veteranía nos ha enseñado que la unidad de todas las fuerzas democráticas, la defensa de la soberanía nacional, las libertades y el derecho de los pueblos a autodeterminarse son la mejor política.
Cuando el odio reemplaza al debate y la violencia es su instrumento, la movilización, la creatividad y el debate de las ideas son nuestras principales armas. Porque nuestro horizonte común es la vida.
Foto Partido Comunista Regional Tolima
Con información del Semanario Voz