Por: Jeison Paba Reyes

Desde la noche del 21 de junio comenzó a instalarse un relato cuidadosamente construido por los grandes medios de comunicación y los ejércitos digitales: Colombia habría iniciado una nueva era, el renacer de la “patria milagro”. Sin embargo, detrás de esa narrativa no hay ninguna novedad. Lo que se anuncia como cambio es, en realidad, el regreso de quienes durante décadas administraron el poder político y económico del país.

El próximo 7 de agosto no llegará a la Casa de Nariño un outsider. Regresan los sectores más tradicionales de la política colombiana, acompañados por una nueva derecha que ha normalizado discursos cada vez más autoritarios y excluyentes. Vuelven quienes entendieron el Estado como una finca propia y que, durante los últimos cuatro años, vieron amenazados sus privilegios. Son los huérfanos del poder, decididos a recuperar los espacios perdidos.

Pero el regreso de esas élites también obliga a una autocrítica. El Gobierno del Cambio obtuvo avances importantes, aunque nunca logró comunicar con suficiente eficacia sus principales logros. Faltó construir un relato que conectara con amplios sectores sociales, especialmente con una clase media que esperaba transformaciones más visibles en su vida cotidiana.

También hubo una evidente desconexión con varias de las principales ciudades, donde las disputas entre el Gobierno nacional y numerosos mandatarios territoriales terminaron pasando factura.

Nada de ello, sin embargo, significa que Colombia haya retrocedido al punto de partida. Millones de ciudadanos demostraron que existe otra manera de concebir el país: una nación más solidaria, comprometida con la paz, la justicia social y la ampliación de los derechos. Ese respaldo ciudadano no desaparece con una derrota electoral ni puede reducirse a un simple episodio de alternancia política.

La tarea que comienza ahora es la de reorganizar las fuerzas democráticas, sociales y alternativas. No basta con ejercer oposición; será necesario defender los avances alcanzados, corregir los errores cometidos y construir nuevos liderazgos capaces de interpretar las demandas de una ciudadanía cada vez más consciente y participativa.

Los de siempre regresan convencidos de que recuperaron el país que durante años consideraron suyo. Lo que todavía no comprenden es que Colombia cambió. La mitad de la sociedad ya conoció la posibilidad de un proyecto político distinto y difícilmente renunciará a esa esperanza.

El verdadero desafío será impedir que el retorno de las viejas élites se traduzca en el desmonte de los avances sociales alcanzados y mantener viva la convicción de que un país más democrático, más igualitario y humano sigue siendo posible.

No será suficiente resistir. También habrá que aprender de los errores, ampliar las alianzas democráticas y volver a disputar el sentido de la esperanza con propuestas, resultados y cercanía con la ciudadanía. Porque el futuro no se hereda: se construye todos los días.
1 de julio de 2026
Con información del Semanario Voz

Pin It on Pinterest